Leer Cuando tomábamos café

Me llamo Sol Pizarro. Igual mi nombre te suena porque enseño a cocinar en un programa de televisión. Lo que no sabes es que hace tiempo me llamaban Pepita. Llegué a Madrid a mediados de septiembre de 1969. Allí me veía a mis diecisiete años, después de haberme perdido en los subterráneos del metro más de una vez —incluso después de recibir las indicaciones de los taquilleros—, con una maleta vieja con cuatro trapos y dos mudas limpias, a la salida de la glorieta de Bilbao. Había coches por todos lados y una multitud de gente haciendo bullir de vida las calles. Era como un avispero en las horas de más calor del verano.

Subí el último escalón y lo primero que vi fue a un hombre con un traje oscuro que se paró cerca de mí. Miró su reloj, tiró el cigarrillo y lo pisó con fastidio. Luego apretó el paso y siguió su camino. No me dio tiempo ni a preguntarle. Dos mujeres mayores charlaban animadamente en la acera de enfrente, con bolsas de redecilla de color rojo colgadas de sus brazos. Miré para todos lados sin saber muy bien dónde ir. No es que me asustara, pero no estaba acostumbrada a tanto ruido. El rugido de los motores de los Seiscientos y las voces de la gente se mezclaban con el ambiente aún tibio de principios de otoño.

Sostenía en la mano un trozo de papel, arrugado de tanto manosearlo, con las señas que me había dado mi hermana Gloria. Delante de mí se alzaba un edificio grande y blanco en cuya puerta un hombre de cierta edad contemplaba el tráfico intenso de la calle de Sagasta con un cigarrillo humeante entre los dedos. Un grupo de chicos con carpetas bajo el brazo, un poco más mayores que yo, pasaron a su lado muy deprisa, gastándose bromas. El hombre se giró al verlos y sacudió la cabeza, pero ellos continuaron su camino por delante de las ventanas de una cafetería sin reparar en su gesto. Había mesas fuera, pero nadie estaba sentado en ellas pues, aunque aún no hacía frío, corría una ligera brisa de vez en cuando. Sin embargo, había mucha gente dentro. A través de las ventanas vi varios camareros vestidos con chaquetillas blancas que se afanaban por llevar en las bandejas las tazas calientes y servir alguna copa de anís. Una de ellas acabó sobre una mesa redonda de mármol, junto a un hombre con bigote y pelo blanco que estaba escribiendo. Este levantó la vista, sonrió como agradecimiento y continuó con su tarea. Una chica al final de la barra consultaba unos papeles detrás detrás de la máquina registradora y reía la broma de un cliente. Fuera, justo enfrente de los ventanales de la fachada, otro hombre se afanaba en colocar periódicos y algunas revistas a poca distancia de la salida del metro. Una bata azul era todo lo que llevaba por uniforme. Me decidí a preguntarle por la dirección que tenía en el papel cuando, como si me hubiera leído el pensamiento, levantó la cabeza y me dijo: Continúa (…).

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