ACTOS DE AMOR

 

UN HOMBRE ENTRA EN LA NIEVE

Un hombre se desnuda ante la nieve.
Abraza a sus amigos y uno de ellos
lo toma suavemente de la mano:
-Francisco, no nos dejes.

Pero Francisco siente estrellas en los ojos
y escucha una llamada de tan lejos,
tan lejos que da golpes en sus venas
abriéndolas al reino de la nada
-la nieve, nada, nada-
y a la nieve le entrega
su cuerpo hasta volverse trasparente.

-Podéis vivir sin mí.
Mi vida os la he entregado: no me quedan
palomas azuladas que deciros.
Dejadme ahogar mi fuego
en esta hoguera blanca,
partir desnudo y solo hacia el abismo,
lo mismo que llegué,
desnudo y solo, hasta este abismo
de lágrimas y lobos, de muertes y de partos.
Ya no soy el que he sido.
Quizá lo entenderéis cuando no existan
mi cansancio o mi calma,
sino un amor tan vano
que no encuentre retorno.
Partid sin recordarme. Yo bendigo
las horas en que fuimos hombres libres
desnudos de este mundo. Aquí os entrego
mi usado corazón: multiplicadlo.

Un pobre entra desnudo en la pobreza.

Después de caminar unos segundos,
un golpe de fulgor cruje en los ojos de los frailes
que vuelven de repente sus miradas
allí donde Francisco estuvo un día.

Sus huellas, sin embargo, ya no estaban.

 

ACUÉRDATE DE LA MUERTE

A veces es preciso regresar
a los lugares donde fuimos infelices
y abrir allí la herida y aceptarla
palpando el hombre roto que perdura
con muerte tan adentro de nosotros,
como el terror en la belleza.

Las cosas son así.
Si Platón no nos engaña,
camino hacia la muerte es todo aquello
que vamos descubriendo en esta vida,
pues es en este mundo y sin saberlo
donde estamos pisando
la tierra que será nuestro sepulcro.

Mi carne, al fin y al cabo, es una forma
consciente de amistad con la certeza
de que todo se acaba. Yo diría
aún más: vivir cede a la muerte unas entrañas
que encarnan su victoria y la transforman
en una causa más para la vida.

A veces es preciso que abracemos
el tránsito que un día ya fue cierto.
Tan cierto que, si quieres que te diga
sus ojos, su verdad, sus apellidos,
puedes llamarme Antonio.

 

CUARENTA

Yo no he cumplido aún 40 años,
pero ya he gobernado algunas vidas.
A diferencia del emperador,
mi voluntad no fue tenida en cuenta.
Como Djuna Barnes,
después de haber probado casi todo,
he estado recluido en un convento
la mitad de mis días,
que es forma de vivir 40 años
de modo condensado, pues el ritmo
del mundo es diferente para aquellos
que eligen el amor en dosis pura.
Y como Marco Polo, minucioso,
he anotado en libros olvidados
los exotismos de mis viajes
con un lenguaje propio del que tiene
cumplidos los 40.
Pero yo no he llegado a los 40.
Cuando llegue
-animula, vagula, blandula-
espero arrepentirme de estos versos.