Leer Amora

No aguantaba más eso de ser virgen. Diecisiete años, parecía un pecado. Estaba cansada de mentir a los compañeros sobre cómo había su primera vez. Cansada. No recordaba cuál era la verdad de la mentira que había contando y ahora agregaba datos al azar. Él tenía un Chevrolet. Sonaba 4 Non Blondes. Yo llevaba unas bragas verdes. Yo llevaba unas bragas verdes. Comimos patatas fritas. Él no era de aquí. ¿Verdes? ¿Quién se pone unas bragas verdes cuando sabe que va a follar? Mentira. No es que ella fuera una mojigata que nunca había hecho nada, pero todavía era virgen. Y se cansó.

Iba a tercer año del turno de noche en una escuela pública tradicional donde tradicionalmente todos los viernes solo se cursaban las dos primeras horas. Ni siquiera los profesores aparecían en las dos últimas. La dirección había acortado el turno de los viernes a cuatro horas, pero aun así fracasó. Había tres bares en los alrededores de la escuela: 1) un bareto oscuro donde tocaban grupos malos que hacían covers igual de malas con instrumentos desafiados, se bebía catuaba porque era barato y porque era lo que había (la mezcla de catuaba con Fanta de uva se había establecido como la nueva moda y seguro que eso sería el comienzo de la degradación del hígado de esa generación); 2) el bar del skater donde se vendía cerveza a un precio razonable y todos los licores de Bols, se consumían drogas sin ningún tipo de pudor, la marihuana era la más común —menos ella, a ella no le gustaban las drogas hasta ese momento— y 3) el puesto de la estación de servicio donde ella podía comprarse un litro de vodka y Coca Cola en una botella de plástico y se podían usar las instalaciones, ya fueran el área cubierta, los baños inmundos o la pared de ladrillos que se encontraba en la parte trasera del lavadero automático de coches. Resultado: bares llenos, aulas vacías.

Viernes, siete de la tarde, veinticinco minutos, sonó el timbre y la mitad de la clase entró al aula. La otra mitad le hizo una señal para que fuera hasta la parte trasera de la escuela. Vio a uno de los chicos levantando la cerca de alambre y a los demás pasando por debajo. No quedaría nadie en clase ese viernes. Todos iban rumbo al bar número dos. Siguió la corriente. Todos entraron, se sentaron y bebieron, todos salieron a bailar, como una manada, inseparables. Hasta que una amiga la cogió de la mano para que salieran a fumar. Ella no fumaba. No le gustaba el tabaco. Recordaba que su padre, si bien era fumador, nunca había fumado siquiera un cigarrillo dentro de casa. Lo encendió. Dio dos caladas y la interrumpió una voz muy grave que le dijo que no era así como se fumaba. En absoluto. La voz era de Luís Augusto Marcelo Dias Prado. El nombre era como ese juego con el que uno trata de apilar piezas de plástico hasta que termina con una cosa enorme a punto de caer. No era un buen nombre. Pero tres viernes después, ya estaban saliendo. Lo que sentía por él era inversamente proporcional a su nota en Física. Se le daba mal la Física. Era buena saliendo con él. No obstante, había una cuestión. En verdad, dos: la mentira de la no virginidad y el tema nunca mencionado. Continúa (…)

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