AROMA DE VAINILLA

CAPÍTULO 1

I.1
Hoy me he levantado animada y me he metido en faena bien pronto. A diferencia de otras jornadas, no me cuesta ilusionarme con las pequeñeces que devuelven el brillo a los días y el temple a la voluntad. Observo que se trata de desperezar el espíritu y no permitir a los pensamientos los rumbos cotidianos de la obsesión. Ahora, con la alegría propia de la victoria recién conseguida, aspiro la fragancia de vainilla de los flanes recién hechos. Este olor dulce, tan ligado al recuerdo de mi padre y el mismo que de mi persona emana según me han comentado siempre, inunda toda la casa.

Algo aturdida por los recuerdos que acuden en tropel al conjuro del aroma de vainilla, hundo la cara entre las hojas de una maceta de hierbabuena. Soñadora, suspiro. El perfume refrescante de la menta se me enreda en la nariz junto con el de los flanes. En estos momentos, la vida vuelve a ser una amalgama agridulce de sensaciones, una mezcla de olores en la que predomina el de vainilla.
«Vainilla y menta, ¡qué casualidad! ¡Como si los fantasmas vinieran a velar por su estirpe!», musito en voz baja. Y, sin verbalizarlo, sé que he entrado en la recta final, en la etapa que se prepara para la cita definitiva, la que quedó fijada por el solo hecho de nacer. Lo sé y no me inquieta. Los fantasmas han llegado, me pueblan y me acunan en su mundo de sombras protectoras. No me resisto, dejo que me inunden con alegría no disimulada.

I.2
No sé si es porque se acerca mi hora o para huir de las tragedias recientes, pero mientras friego los cacharros, me sonrío. Los flanes aún no se han enfriado, como tampoco se ha enfriado mi memoria al rozar los orígenes de mi existencia, en parte cómicos. Supongo que toda vida tiene una buena dosis de comicidad con un poco de distanciamiento.

Como ha sido costumbre en las estrafalarias mujeres de la casa Abellán, a la que tengo el honor de pertenecer, también yo nací durante una madrugada. Llegué al mundo de forma intempestiva, para demostrar desde un primer momento mi carácter indómito. Debo la vida a tres copas de licor de menta. Si mi tozuda madre no se las hubiera bebido la noche del treinta y uno de diciembre de 1899, la historia de la familia y la crónica del pueblo nunca hubieran sido las mismas.

Intento imaginar a mi madre durante aquella noche especial de fin de año y de cierre de siglo en que se perpetró mi concepción. No conservo de ella recuerdos propios y siempre me he nutrido de los que poseía mi padre, pero me bastan para ver a la hermosa Julia en pleno ajetreo organizativo. Para asombro de Brígida, ya desde los preparativos de la cena se mostró Julia vivaracha y reidora. Hacía semanas que la fiel muchacha no veía a su señora tan feliz. Llena de bríos ante la inminente visita de sus primas Rosario y Matilde, a las que había invitado para su primer gran ágape de recién casada,
revoloteaba por la cocina para que el banquete resultara exquisito y opíparo. Días antes, en Nochebuena, sus primas les habían ofrecido unos manjares sublimes y estaba dispuesta a entregarse al máximo para lograr una mesa digna de reyes.

Julia empezó con la preparación de un asado. Colocó una pierna de cordero sobre una enorme rustidera rociada con gotas de aceite de oliva, limón y vino, dispuso a su alrededor patatas cortadas longitudinalmente y hendidas en celosía a punta de cuchillo, aderezó el conjunto con unos chorros de buen aceite y mejor vino, ajos fileteados, p erejil, piñones, zumo de limón, sal y pimienta negra. Minutos después, pidió a Brígida que lo llevara a asar al horno de Serafina. Aromatizó la sopa de picadillo con hierbabuena y laurel, y, con los restos de la carne que sobraron del caldo, elaboró unas croquetas. Ordenó en el frutero naranjas, manzanas, plátanos y uvas. Ajustó en una gran bandeja tortas de Pascua, rollos de naranja, polvorones, mantecados, cordiales y alfajores. Por último, acomodó en un hermoso azafate higos secos, nueces y avellanas, y regó el surtido con peladillas y pasas.

Ultimadas las viandas, pasó al comedor y dispuso la mesa con esmero sobre un lujoso mantel de hilo; la adornó con ramilletes de flores secas de vivos y cálidos tonos; distribuyó quinqués de delicada porcelana a lo largo de su extensión; emparejó con orden milimétrico sus mejores platos, sus copas más finas y sus cubiertos de plata; alineó dos botellas de vino regaladas por la prima Rosario: una con un blanco de Bullas y otra con un tinto de Jumilla, para que cada comensal eligiera el que más se adecuara a su gusto o apetencia del momento, aunque bien sabía que solo Segundo los bebería, ya que ella y sus primas eran algo enclenques para el vino, si bien es cierto que si se terciaba, y en los postres, serían muy capaces de tomarse varias copitas de moscatel de pasas.

Como si fuera una extraña en su propio hogar, se apartó del escenario montado por sus manos y juzgó que la estancia, a pesar de su amplitud generosa, estaba caldeada por la estufa y por el brasero de la camilla. Con ojos escrutadores y actitud de distanciamiento, comprobó la magnificencia creada por su ilusión. Se quedó boquiabierta. Cualquiera podía apreciar una inmensa sala que refulgía a la luz de los candelabros y quinqués esparcidos por todas partes. La gran mesa de comedor lucía primorosamente dispuesta. Sin duda, el conjunto parecía aguardar el ágape de unos reyes.

¿Quién le iba a decir a mi madre que se iba a amoldar tan bien a la vida del pueblo? El pueblo al que regresó después de quince años de ausencia. No tenía raíces en aquella villa que se le antojaba pequeña y abandonada de la mano de Dios, porque, tras la muerte de su madre el mismo día en que ella vino al mundo, su padre solicitó destino en el Ayuntamiento de la bulliciosa Lorca, capital de la comarca y cuna de prosperidad, lujos y desenfrenos.

Concedido el traslado, Julia se marchó con meses y se crio lejos del lugar que tanto añoraba su padre y del que le hablaba soñadoramente en las largas veladas invernales. Creció amparada por los afectos de una cariñosa ama de cría que también ejercía de cocinera, de una doncella alegre como los trinos de los pájaros y de su propio padre, protector y casi abuelo con respecto a aquella criatura que la vida le había confiado cercano a los sesenta años…