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CATÁBASIS

EL APOCALIPSIS

Vi al mundo morir.
Sólo hicieron falta la vía
y la sirena.
El tren se marchó y tú
te encaramaste a su espectro
de posibilidades
—acotadas por mi existencia,
tremendo cuchillo
capciosa duda—.
Y en el instante del cisma,
de esa huida de tu mano
fuera de mi mano
vi al universo
desmoronarse.
Vi montañas
reducirse a polvo, y a las fuentes
exudar su última gota.
Vi los volcanes engullir
su propio magma y seguir hambrientos.
Vi las sendas sepultarse
tan rápidas
como sueños deshechos
como votos desdichos
y todo en un segundo;
ese en que tu boca
dentro de mi boca
me insufla aliento
y me ordena: vive.

Vi un apocalipsis de seis días.
Al séptimo,
esperé tu vuelta.

 

EXAMEN DE LOS SENTIDOS

Vista: Una claridad augurándose entre las sedas
bajo el amarillo mortecino, estrella
artificial de este cuarto jaula.
Columnas jónicas, perlados corpúsculos
danzando al trasluz, flanqueando la lucha
de nuestros torsos en ristre;
la cresta, y luego
la suspensión.

Olfato: Látex y sal
ni rastro del almizcle o la azucena
evocada por los trovadores.
Solo el deseo
líquido; amargas
arroyadas entre mis piernas.

Tacto: La leve humedad del aceite,
la aspereza del vientre
y la jabalina.
Un no saber dónde ni cómo
que acaba haciéndose asteroide.

Gusto: La pálida crema
derramándose en mi cuello cáliz,
fluyendo espesa laringe abajo;
mientras te ves abrasado por sendos
pedernales negros, fijos en tus ojos.

Oído: Un silencio pesado, enhiesto,
más que el aullido;
una respiración
que todo lo abarca y lo domina
desde su encendida cueva.

 

NOVIEMBRE AUX CHANDELLES

En el inframundo no hay ensayo, solo ejecución; en el inframundo no hay rosa o gladiolo, solo una larga raíz quemada; en el inframundo no hay amor, solo avidez, solo mis rótulas vacilantes ante tu cama; en el inframundo no hay más que rostros de papel –qué miráis, apartad la visión nocturna de este cuerpo sin mácula–; en el inframundo solo un temblor sin hielo, solo un temor sin amenaza, solo un pudor sin tentativa; en el inframundo solo un silencio engendrado bajo el crepúsculo de Debod, bajo el crepúsculo de todas las historias y todas las civilizaciones; en el inframundo solo un número, una probabilidad, una condena: setenta sobre cien, dijiste, las probabilidades de salir herida, las ocasiones de ser abatida entre los juncos, mi respuesta: un treinta es suficiente.

Tan suficiente que esta noche es el único protagonista en esta cama, en esta cicatriz, en esta yema de dedo índice que me bosqueja y me conforma; en este nuestro mundo minúsculo, incandescente, reducido a la llama de tu mesilla, condenado a un perpetuo latido.

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