EL BOSQUE

Mudarme al bosque era lo último que quería hacer. Era lo último que hubiera querido hacer cualquier adolescente de dieciséis años con un poco de criterio. El bosque era el quinto piso del edificio marrón de Montcada y Reixac donde vivía mi abuelo Diego. Antes de que yo naciera ya lo llamaban así. Cuando mi abuela, a la que nunca conocí, murió, Diego se encargó de convertir los sesenta metros cuadrados donde vivía, en el hogar de todo tipo de plantas. Para él, nunca había suficientes. —“Es lo único que puedo cuidar” —decía cuándo lo visitábamos. Por si fuera poco, mi madre siempre le llevaba plantas nuevas a escondidas sin saber que la florista del barrio, a parte de vestir de tal modo que podías verla desde la ciudad vecina, era la mujer más bocazas del pueblo y se ocupaba de que se enterara todo el vecindario antes de que la supuesta planta llegara a manos de su dueño.

Capítulo Uno. PALMERA

—“¿¡Le ha gustado el cactus a tu abuelo, Lucía!?” —gritaba desde la otra punta de la calle cuando iba al instituto. Desde la acera de abajo podías reconocerlo por los seis balcones de barandas blancas y toldos amarillos, las grietas y el portal estrecho que tenía el cristal roto. Parecía capaz de desmoronarse a la mínima que el viento decidiera soplar con un poco más de fuerza

de lo normal. —“Este edificio es como una palmera —le decía siempre Diego a mi padre—. Podría doblarse hasta parecer tocar el suelo con el ático, pero es suficientemente fuerte como para no destruirse —intentaba convencerle”. Diego siempre lo comparaba todo con árboles y plantas, como si admirara sus capacidades por encima de cualquier propiedad humana. Nadie se atrevía a llevarle la contraria a esas semejanzas por miedo a ofenderle. Era hombre de muy pocas palabras. Cuando hablaba arrastraba las letras con una calma que jamás vi en nadie más. Él nunca tenía prisa pese a tener setenta años y a mí, con dieciséis, parecía que la vida se me escapara de las manos. Era alto y con el pelo de un blanco grisáceo que parecía ceniza. Se lo peinaba hacia atrás y brillaba como si estuviera mojado permanentemente. Unas gafas de pasta marrones ocupaban gran parte de su cara y empequeñecían sus ojos verdes. Vestía con camisas muy coloridas, de estampados estrambóticos y calcetines (que inevitablemente se asomaban alguna vez por debajo del pantalón) de tonalidades que no combinaban. Llevaba los cordones de sus zapatos siempre perfectamente atados con un lazo que jamás se deshacía. Me fijaba porque yo siempre llevaba los cordones de mis zapatillas negras arrugados por dentro del calcetín, incapaz de hacer un lazo fuerte que evitara mis constantes tropiezos.

Diego era una persona gris. Pese a su forzado vestuario, era capaz de pasar desapercibido entre un montón de gente. Le costaba mucho sonreír y siempre estaba enfrascado en su lista de cosas por hacer. Su voz era tan dulce que era fácil no prestarle atención. Su modo de hablar, casi susurrando, era la banda sonora constante del piso. Parecía tener la energía bajo las suelas de los zapatos. Diego era totalmente invisible, al menos, para mí. El caso es que nunca fui de ese tipo de nietas que se dejan chantajear por los abuelos a cambio de algo dulce o un juguete nuevo. Nunca lo visitaba por el placer de darle un abrazo, ni me quedaba a dormir en su casa, como presumían los niños de mi clase del colegio, a no ser que fuera por obligación y urgencia de mis padres. Y aun quedándome, nunca le daba opción a explicarme ninguna de sus batallas juveniles. Me encerraba en la habitación (que había sido de mi madre de pequeña) y buscaba cualquier distracción. Ambos, Diego y mi abuela, eran dos completos desconocidos para mí. Y pese a eso, ahí estaba de nuevo contra mi voluntad, en el salón del bosque con una maleta en las manos, una cámara colgando del cuello y Diego mirándome desde su butaca.

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