Leer El Comisario Soto

EL COMISARIO SOTO

Le esperaba una jornada difícil. Aminoró el paso dejando que lo adelantara el gentío que se abalanzaba hacia la escalera del Metro, saltó con agilidad la barrera y se mezcló con ellos. Era la única actividad de su antiguo oficio a la que no podía renunciar; seguía practicándola con cierto temor pero no se decidía a abandonarla. Quebrantar la ley aunque fuera en una menudencia, contribuía a mantener el nivel de adrenalina necesario; si el Comisario se enteraba podría interpretarlo como una vulneración del pacto, eso daría al traste con su relación. Se resistía a abandonar definitivamente algunos de sus hábitos, no estaba preparado para renunciar del todo a sus antiguas costumbres, a la vida que había llevado desde que tenía memoria. Alguna vez, los guardias de seguridad del Metro, intentaban apresarlo, no era casual que le llamaran Lagartija. Era capaz de deslizarse entre la gente sin que repararan en su presencia, hasta que una señora se daba cuenta de que le habían aligerado el bolso, o un caballero se percataba del vacío en el bolsillo de la cartera. Para entonces, el Lagartija saltaba la barrera de salida a muchas estaciones de distancia con el botín a buen recaudo. El Metro era su oficina, un magnífico lugar de trabajo, caliente en invierno, fresco en verano, tan grande que permitía cambiar de apostadero con frecuencia, y muy productivo. Solo requería escoger bien la clientela y esquivar con maña a los de la Social, que patrullaban las líneas de Metro como lobos ansiosos.

Salió en la estación de Gracia y echó a andar despacio hacia el Salón Rosa. Caminaba con las manos hundidas en los bolsillos y la mirada fija en los adoquines, sin perder detalle de cuanto sucedía a su alrededor. Ya no era el chico menudo de pantalones demasiado anchos, chaqueta vieja y gorra sobre los ojos que pasaba fácilmente por un aprendiz de los pequeños talleres manufactureros que abundaban en el Ensanche. Durante mucho tiempo, hacerse el crío fue su actitud preferida para no despertar recelos; el físico le acompañaba —siempre pareció menor de lo que era—. Hoy no iba de caza, estaba a punto de cumplirse un año desde que dejara el oficio y aún no había llegado a la conclusión de si debía sentirse contento con el cambio. 

Al recordar a sus antiguos colegas de Can Tunis se sentía un desertor, la vida entre personas respetables a las que antes miraba solamente como presas, comenzaba a gustarle. Es posible que sus amigos sospecharan que se había convertido en confidente de la policía, eso le dolía. Se sentía bien hablando sin tacos y notando que la gente próxima al Comisario lo consideraba uno de los suyos. Notaba que algo iba cambiando, de forma lenta pero constante en su interior.

Le había resultado difícil dejar a un lado sus habilidades entre las personas cuyas carteras y bolsos parecían estar diciendo cogedme, pero le había prometido al Comisario que se retiraba del oficio, y a pesar de las muchas tentaciones que experimentó entre tanto pardillo, continuaba fiel a su palabra; al menos hasta que acabara el año que le había fijado como límite de la prueba. No solamente porque le hubiera dado su palabra al Comisario, le repugnaba convertirse en un chota relegado al escalón más bajo, el de los soplones que solo podían esperar un navajazo aprovechando cualquier aglomeración. La palabra era sagrada, el que faltaba a ella se convertía en un apestado al que más le valía partir en busca de nuevos pagos antes de encontrarse con un ojal en la barriga. Tampoco el Comisario había insistido demasiado, no era de muchas palabras. Se estremecía al recordar cómo lo había mirado desde su altura, con los ojos ahuevados y lánguidos, para darle a escoger: o la comisaría, o el trato. La perspectiva de la comisaría pintaba peor que mal, era un lugar del que había que alejarse todo lo posible. Al pasar cerca del edificio procuraba dar un rodeo por si la puñetera casualidad hacía que se tropezara con alguno de los que lo habían interrogado. Pensar en aquella posibilidad le hacía perder el aplomo que tanto le costaba fingir.

Lo habían llevado, la primera vez, a la comisaría de la calle Conde del Asalto, y ya tuvo bastante para una temporada; mejor, para siempre. Después de cocerlo cuatro o cinco horas en un calabozo que olía a letrina, le hicieron la ficha y le quitaron la cartera que acababa de sustraer. Luego, le propinaron una serie de guantazos a tres manos; todavía le ardía la cara cuando lo recordaba. Pobre del que se protegiera con los brazos, la resistencia los excitaba. Cabrearlos era peor, lo más práctico era adoptar la estrategia de la sumisión, igual que los perros se ponen boca arriba o esconden la cola entre las patas. 

El proceso era siempre el mismo: después de la castañada en las perreras de los sótanos, si había sitio, a pasar la noche en las jaulas de arriba, si no, a la calle hasta la próxima ocasión. Había tenido bastante para que le quedara impresa la lección que tantas veces le repetía El Botija: cartera hecha, billetes al bolsillo y a deshacerse del resto. Lo más peligroso es que te atrapen con algún papel comprometedor; mientras no te pillen con las manos en el ajo, no hay forma de que puedan cargarte el mochuelo. En el peor de los casos se trata solamente de justificar la procedencia del dinero que te cojan encima.

Lagartija, cuando se olía que la pasma buscaba algo por su ámbito de trabajo, cambiaba de apostadero y no se dejaba ver por la zona en una temporada, cuanto más lejos, mejor. Eran normas elementales, contravenirlas podía traer consecuencias graves.

[trx_team cat=»0″ columns=»1″ count=»1″ ids=»1380″][trx_team_item user=»Member 1″][/trx_team_item][trx_team_item user=»Member 2″][/trx_team_item][trx_team_item user=»Member 4″][/trx_team_item][/trx_team]