El tiempo constante y los días sucesivos

Conozco a Eva desde siempre. Soy su testigo. Nació el día de Navidad, hace veinticinco años y nueve meses.
No es nada extraordinario tener un testigo. Todos los humanos vivientes tienen el suyo lo quieran o no.
La mayoría lo ignora.
Algunos lo saben pero hacen lo posible por olvidarlo.
Otros lo aceptan de peor o mejor grado.
También hay a quien incluso le agrada.
Y para terminar con la estadística, algunos —los menos— conversan tranquilamente con nosotros en voz más o menos alta; pero estos últimos corren el peligro de que los llamen locos.
Eva no le cuenta a nadie que habla conmigo.
No soy la conciencia de Eva, ni nada de su adentro; mi cometido es más sencillo. No entro en sus pensamientos, solo registro y doy fe de lo que hace, de lo que dice, de lo que ocurre a su alrededor, de sus gestos, hasta de los más mínimos… de todo lo que ella o las personas de su entorno expresen de alguna manera y, por supuesto, tomo buena nota de lo que hablamos.
Yo no tengo poder de intervención en los asuntos de Eva; eso lo hacen otros: el actuante y el sugeridor.
A los sugeridores les llamáis musas, sueños, inconsciente, intuición, inspiración y también imaginación y fantasía.
A los actuantes les llamáis suerte, casualidad, fatalidad, muerte, providencia, fantasmas, duendes o hadas, y cosas así. Pueden hacer desaparecer o aparecer objetos, provocar desmayos y enfermedades o evitarlos, pueden desencadenar accidentes o evitarlos, también presentarse bajo alguna apariencia; pueden hacer ruidos, estirar o encoger el tiempo y producir cambios de materia o de esencia, es decir, tienen poder sobre lo físico matérico y sobre las energías sutiles circundantes, tanto en los días sucesivos como en el tiempo constante.
Cada humano viviente tiene un sugeridor y un actuante propios, a lo largo de todo su proceso. Lo mismo pasa con el testigo y a nosotros nos llamáis memoria, biografía, recuerdos, ego, nostalgia, evocaciones o retentiva.
Yo no soy el maestro de Eva ni su juez. No soy elementalmente emotivo, aunque con ella tenga empatía y aparezca entre nosotros —como catalizador— cierto sentido de hermandad. Si ella me pide que opine sobre algo, lo hago objetivamente.
Debo aclarar también —por si aún no ha quedado claro— que soy etéreo, no tengo corporeidad ni sexo, aunque me refiera a mí mismo bajo el género masculino por expresarme de alguna manera.
No tengo necesidades, ni otra ocupación que la de ser su testigo; estoy siempre tomando nota, más o menos cerca de ella. También debo aclarar que no pertenezco a ninguna ideología o fundamentalismo, como no podía ser de otra manera. Formo parte del “orden de la totalidad” tal como es. No tengo obligaciones de ningún otro tipo, pero nuestro sugeridor me ha propuesto hacer un experimento: colaborar en un documento “escrito”, tomando a Eva como plataforma. Para esto, parece ser que cuenta con la ayuda de un escritor concreto. De forma que todo lo registrado por mí, haciendo una “pirueta temporal en el tiempo constante y los días sucesivos”, llegará al escritor a través de ambos sugeridores: el de Eva y el del propio literato.

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