LA HERENCIA DE CLARA

Clara ha muerto hace un mes. Mi hermano Juan propuso que fuera yo la encargada de organizar la herencia. Se trata de repartir en lotes equitativos el contenido de la casa de nuestra tía-abuela, para luego, una vez vacía, ponerla a la venta. Así que llevo ya dos semanas viajando cada día a San Lorenzo del Escorial a 45 Kilómetros de Madrid. Voy en tren porque tengo la estación de Atocha cerca, y el viaje me calma. El tren es un lugar en ningún sitio, como yo. Tengo la sensación de vivir en un paréntesis vacío desde que volví de Ginebra.

Salgo temprano y a la caída de la tarde vuelvo a mi apartamento de la calle Moreto, por detrás del Museo del Prado. Cuando termine esta tarea, la voy a echar de menos porque hasta septiembre que empezaré a trabajar de nuevo, no tengo ocupación alguna que ordene mi vida. Sobre todo, voy a echar de menos el ambiente de la casa. No se por qué, pero ahí respiro mejor que en ningún otro sitio. Toda ella tiene un halo singular. Es antigua, pero de un antiguo nada rancio ni típico. Ya no vive nadie, pero se siente vida, no es una casa muerta. Dentro, el tiempo transcurre de forma distinta, desaparece sin dejar rastro o se mueve intensamente despacio. Es un tiempo fuera del tiempo como yo…, expulsada del horario y del calendario.

Con la ayuda de Pilar, una amiga de tía Clara que vive cerca, en la misma calle, y que conoce el contenido de cada rincón de esta casa, conseguí distribuir en lotes con etiquetas bien definidas, todos los enseres. Hasta ahí fue la parte más o menos fácil. Luego se hizo cuesta arriba con la oficina de tío Felipe, el marido de Clara, que era arquitecto, llena de planos, papeles, maquetas, documentos, libros… “el archivo de Indias”, como le llama Pilar. 

Cuando Clara vendió el piso de Madrid donde Felipe tuvo su estudio muchos años, todo el contenido aterrizó en el sótano y en un despacho que hay en la planta baja. Después de un primer vistazo general y de consultar con los demás herederos, convinimos en que yo revisara más a fondo estos documentos antes de ponerlos en manos de su Colegio Profesional para que ellos decidan lo que hay que hacer con todo eso. Ha sido la parte más dura, pero ya está hecha.

 Así que en breve terminará mi tarea. Sólo queda un mueble archivador en el taller de Clara con papeles de bancos, de los que ya se ha ocupado mi hermano, y sobres con un montón de fotografías. ¡Aparezco la que más!, en diferentes momentos de mi vida. También están Lucía y Javier, nuestros primos de Méjico, con sus padres y su abuelo Francisco, hermano de Clara y de mi abuela María; fotos del abuelo Remy, que era francés; de mis padres, mi hermano Juan, tío Felipe y su familia…; también aparecen Pilar y su hijo, y otras personas que no conozco. Hay otras carpetas con imágenes de piezas de arte, o recetas de cocina o fichas de plantas del jardín… Todo lo fui abriendo y leyendo envuelta en una nube rara, en un ambiente atemporal, elástico y denso.

Una carpeta, que más o menos inconscientemente dejaba para el final, tuvo la mala suerte de coincidir con un repentino ataque de hambre y la constatación de que el atardecer se instalaba en el jardín. Para cerrar bien la casa, con la luz de última hora, decidí dejar para el día siguiente la carpeta azul llena de papeles y en la portadilla una etiqueta blanca: Escritos de Clara.

Durante el camino de vuelta a Madrid me sorprendí dando vueltas a una idea que se abría paso sin permiso: ¿y si no vendiéramos la casa?, ¿y si la convirtiéramos en un pequeño negocio familiar, una casa rural o algo parecido, y yo lo regentaba? Lo curioso de estas ensoñaciones es que me manejaban ellas a mí, no yo a ellas. Cuando fui consciente de estos pensamientos, comprendí que todo ese conjunto de enseres, olores, luces y rastros de vida… se habían ido transfiriendo a una zona de mi interior no identificada. El desasosiego, hoy, en el tren de vuelta, era un mecanismo de alerta ante el inminente “fin de la historia”, porque lejos de la pereza y el desagrado inicial que marcaron los primeros momentos, la casa de Clara se había convertido en mi protección y en mi refugio.

Después de la cena atropellada y de un baño reconfortante me acomodé para leer algo antes de ir a dormir. Con la vista recorría una línea tras otra sin que el significado de las palabras llegara a su destino. Ese lugar donde la comprensión y los sentimientos se dan cita, estaba totalmente ocupado con otra lectura sin letras ni papel: el repaso al mundo detenido y atrapado en aquella casa. Tía Clara estuvo viviendo en ella hasta el último momento. La recuerdo bien derecha y delgada; se movía con bastante soltura para su edad, de hecho, la casa tiene escaleras interiores y nunca dejó de habitar cada zona, por eso todas conservan el ambiente de los espacios vividos con intensidad.

Fue una de las pocas mujeres de su época que llegó a estudiar una carrera. Nació en Madrid, en una familia tradicional y poco dada a cambiar de principios y costumbres. A nadie en su casa le pareció bien que estudiara Bellas Artes, pero por lo visto, era una joven terca e independiente y no hubo manera de apartarla de esa idea. Tuvo una trayectoria profesional activa y apasionada entre pintores, escritores y gente del teatro. Se adelantaba así a lo que empezó a producirse dos décadas más tarde de forma ascendente e imparable: la llegada de mujeres a la universidad y a una vida activa más allá del entorno familiar.

Clara era viuda desde hacía bastantes años y, como no tuvo hijos, los recuerdos de juventud y madurez se han ido con ella. Ya no queda nadie de su edad a quien preguntar, sólo Pilar, que es mucho más joven -debe tener sesenta y algo, como mi madre-, es la única referencia viva, cercana y fiable de esta última etapa de su vida. Fue ella quien la encontró muerta una tarde, sentada en un sillón con un libro en una mano y las gafas en la otra, sin nada aparente que hiciera sospechar que estaba muerta y no dormida.

Después de la muerte de mi abuela María, mi madre iba a ver a tía Clara (hermana de la abuela) con cierta frecuencia. Luego las visitas se fueron espaciando y, últimamente, su relación era por teléfono. Sólo se acercaba al Escorial en Navidad y yo, la acompañé casi siempre.

Recuerdo haber ido a esa casa muchas veces, desde muy pequeña, con mis abuelos, mi hermano y mis padres. Clara nos dedicaba a Juan y a mí más tiempo que a “los mayores”. Los abuelos y mis padres se quedaban hablando con tío Felipe, mientras nosotros tres jugábamos. Recuerdo con especial viveza varias versiones de un teatrillo de construcción mágica que hacíamos -como un rito de bienvenida- con cuerdas, imperdibles y muchas telas de colores. Toda esta utilería surgía de un costurero grandísimo con patas, como una mesa, a la que le colgaba por debajo una bolsa rosácea de tela suave que yo llamaba la ubre de la vaca, lo que nos daba mucha risa. Aquí sigue estando este costurero, con su “ubre” de terciopelo, pero ahora me parece un mueble precioso y más pequeño que entonces.

La certeza del próximo viaje en tren y la perspectiva de unas cuantas horas revisando cualquier cosa que llame mi atención, me dan fuerzas para abandonar el sofá.

Ya en la oscuridad, las imágenes se mezclan y se asocian en un baile desordenado y mudo que sigue su propio ritmo: el sitio de los cubiertos grabados con sus iniciales, un mueble con zapatos bien abrillantados, una caja con gafas -algunas de diseño genial- de diferentes épocas y graduaciones, un cajón con frascos de pintura medio llenos, estanterías con muchísimos libros, ordenados unos y extrañamente acumulados otros, un cajón con cuatro o cinco camisones bastante parecidos entre sí, de fina batista blanca y con olor a jabón… ese olor que, mezclado con colonia fresca y cera de los muebles, es el de toda la casa… ¿a qué huele la cocina?… en la ventana que da al tendedero de la ropa hay una maceta de albahaca, que mezcla su aroma con el de harina tostada en mantequilla derretida y… apio, ¡eso, apio! 

Bueno, ya está bien, que mañana tengo que estar a las 8 en la estación. Parece que va llover.