Leer La materia sensible 

Pero no alcanza la confianza en la marea que trae y lleva
las cosas que se han ido depositando en la arena, a lo largo
de tantos días que se fueron. Lo que haría falta para serenar
el corazón, no lo sabemos. Llega y se va —a veces sana, a veces hace daño— la presencia de quien se ama, de la misma manera en que cae la noche, viene el día y cae la noche de nuevo,
como si nunca antes hubiera pasado.

En las siestas de verano crece la infancia como una flor silvestre, descuidada, exuberante, y trae con ella un sentimiento
diferente a cualquier otro: el desamparo que produce encontrarse ante una belleza o un terror que no es posible

compartir con nadie. Lo que se ve cuando se es niño
y se es el único que mira, no puede contarse.
Las horas de esplendor son esas en las que la soledad alcanza su punto de máxima fuerza, pero a la vez son un don
que se reserva en el cuerpo para que —algún día—
otro cuerpo lo reciba y lo comprenda.

Fax: info@raspabook.com