Leer La niña furiosa y los cuentos que nunca te dije

LA NIÑA FURIOSA Y LOS CUENTOS QUE NUNCA TE DIJE

¡Voy padientro! ¡Montroduzco! El viejo payaso Pepino Makarroni amagó con entrar de cabeza en una caja de cartón que simulaba una enorme y destartalada televisión. Con cada gesto, los niños se removían en las gradas, gritándole a Pepino que por ahí no, que era una trampa que el otro payaso le había puesto a propósito para que cayera en una tinaja llena de agua. ¡Que voy padientro!, ¡que montroduzco! Aquellas dos expresiones tan castizas provocaban un torrente de risas en la chavalería, la carcajada general de los mayores y los codazos de las vecinas, que recordaban el modo de hablar de sus abuelas.

La carpa que acogía el circo ambulante era tan miserable como lo que se veía en el interior, un espectáculo de pobreza, un quiero y no podré nunca en el corazón de un descampado solitario, donde también habitaban los cimientos de una casa derruida, trastos inservibles, bichos fuera de catálogo de todos los tamaños y colores, latas, basura y restos de albañilería. Una antigua huerta, asfixiada entre dos edificios de vecinos que parecían viejas carabelas, con sus sábanas tensadas por viento y sus jaulas de perdiz en los balcones. El descampado era un recreo libre que los niños usaban para jugar al mocho, al escondite inglés y a una especie de torneo diario de fútbol donde nunca rodó un balón de reglamento, sino pelotas de una goma dura llamada curtix, que tatuaba la carne con cada impacto y la dejaba roja primero y azulada con el paso de los días. En aquella explanada se intercambiaban cromos a la salida del colegio y se organizaban los mejores apedreos del barrio entre bandas infantiles, que se formaron en el barrio cuando el cura tuvo la ocurrencia de proyectar una tarde de domingo La guerra de los botones en el salón parroquial, con lo que también puso de moda el piquete en la frente, la hemorragia en la coronilla y los puntos de la Casa de Socorro cada vez que había desafío, palabra que se acuñó en el barrio para nunca jamás llamarla desafío porque era demasiado fino, como las peleas de las ciudades que veían en los matinales de sesión doble.

¡Porróm, porróm, porróm! El batería de la orquestina del Circo Torres, que tenía la cara como la sombra de un papiro, percutía el parche de la caja con cansina emoción cada vez que Pepino Makarroni amagaba con entrar de cabeza y saltar al otro lado de la televisión de pega. Así una y otra vez, como Perico en el torno, hasta que agotadas las risas y los gritos, el payaso caía en la tina con el peso de una piedra gorda, provocando en el respetable una explosión acústica de tal magnitud que la estructura del Circo Torres se venía abajo. Aquellos no eran aplausos, sino la estampida de los búfalos en medio de una del oeste. Y más, cuando en la apoteosis, los Makarroni saludaban sombrero en mano y de paso se lo arrimaban a los espectadores, para que cada cual dejara caer la poca voluntad que habitaba en sus bolsillos. Todo valía. Los céntimos que las vecinas escarbaban con gran esfuerzo en el fondo de sus grandes monederos llenos de vales, igual que si arrancaran lechugas de un sembrado, carteras de cuero barato que se abrían como una boca sin dientes para hacer salir una moneda pequeña dispuesta a matar un trozo de hambre. Y algunos billetes, mucho más escasos, que el padrino enseñaba al aire indicando con círculos que con eso se pagaba toda la chiquillería, lo que le alcanzaba el brazo. Una lucha sin cuartel a la salida, codo con codo, porque de la generosidad del vecindario dependía que la olla tuviera esa noche más sentido, menos patatas o peor aderezo. Sin embargo, tras la batalla por el céntimo y la recogida final de enseres, algo mágico nacía de aquella mancha humana que se arremolinaba al calor de la lumbre: Los habitantes del Circo Torres escuchaban una historia que dijera la verdad. Así que esa noche, Peponne Makarroni contó el cuento de la niña furiosa:

Érase una vez una niña que estaba tan furiosa que cuando lloraba, las lágrimas se le volvían a meter corriendo dentro de los ojos, para no molestarla en su enojo. Un día se murió su madre y la niña furiosa se sintió tan sola que envolvió el corazón en una bolsa de la tienda de ultramarinos, lo enterró en el jardín y se prometió no volver a decirle a nadie lo que sentía. A la niña furiosa no la comprendían, porque andaba por la calle mirando al vacío y no contestaba si le preguntaban. Todos decían: ¡vaya una niña furiosa, parece que no tiene corazón! Pero la niña no hacía caso, porque creía que no le volverían a hacer daño si tenía un agujero dentro del pecho. Cada día, la niña furiosa centraba su maldad en alguien cercano. Un día le quitó a su vecino el último cromo de la colección de futbolistas y le rapó la cabeza a la Barbie de su hermana. Otro día, la niña furiosa se metió en el armario de la limpieza para que su familia la buscara todo el día, y mientras escuchaba el sufrimiento y los gritos, se quedó dormida cerca de su rabia, convencida de que, como estaba tan furiosa, nadie la castigaría después.

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