LA NOCHE DE LOS NIÑOS ETERNOS

Capítulo 1: Una noche de tormenta

Antes de abrir los ojos, Alabilú oyó desde su cama la lluvia que seguía cayendo contra los cristales de la ventana y también el viento, que los hacía rechinar como si quisiera irrumpir en la tibieza de la pequeña alcoba. Después oyó un trueno largo y lejano y pensó: “Seguramente ha sido la tormenta lo que me ha despertado”. Pero entonces sintió un leve crujido a su lado y supo que no había sido eso.

Había alguien junto a su cama.

Abrió los ojos. La habitación estaba a oscuras, porque aún era noche cerrada, pero enseguida distinguió junto a él una figura inmóvil que miraba por la ventana.

—Papá —susurró Alabilú.

Su padre no se movió. Mo, la Araña Nocturna, los miraba con sus ojos grandes y perplejos desde la oscuridad de las vigas del techo.

—Papá…—Su padre se giró. Alabilú no podía verle la cara—. ¿Qué haces?

—Duérmete, Alabilú —contestó Papá y volvió a mirar a través de los cristales.

A lo lejos se oyó otro trueno. Alabilú salió de la cama. En la oscuridad le pareció que Papá miraba atentamente el jardín que había dos pisos más abajo, frente a la casa.

—¿Qué pasa, Papá? —preguntó Alabilú y también él miró hacia abajo.

Estaba todo muy oscuro y la lluvia apenas le permitía ver nada. Distinguió la silueta de una parte del seto que rodeaba el jardín y las copas de los tilos que oscilaban empujadas por el viento.

—No es nada. Solo he venido para comprobar que la ventana está bien cerrada. ¡Mira cómo llueve! —Papá lo cogió en brazos y lo llevó a la cama—. Duérmete, que mañana vamos a tener un montón de trabajo.

—Todavía faltan dos días —dijo Alabilú.

—Sí, pero habrá que empezar mañana —repuso Papá. Luego le dio un beso en la frente y salió de la habitación. Alabilú oyó su voz, apenas un murmullo apagado que se alejaba por el pasillo:

—No había nadie fuera.

Hablaba con Mamá. Lo supo porque después oyó su voz, pero tan flojo que no entendió lo que decía. Luego habló Papá otra vez y después otra vez más ella y a continuación se oyó la puerta de su dormitorio que se cerraba al final del pasillo. La casa se quedó en silencio.

Alabilú volvió a levantarse de la cama, se subió al alféizar de la ventana y miró a través de los cristales. No, ahí no había nadie. ¿Quién iba a haber a esas horas en su jardín? Además, estaba diluviando. Las copas de los árboles seguían balanceándose contra el cielo oscuro, el viento ululaba y la lluvia llamaba a su ventana.

Entonces Alabilú se quedó paralizado.

Una sombra acababa de moverse en aquel rincón, junto al seto. Al menos eso le había parecido. Abrió aún más los ojos y procuró no parpadear. Estaba todo tan oscuro. El cielo se estremeció con un trueno y una ráfaga de viento sacudió con fuerza las copas de los árboles e hizo crujir los cristales.

—Estoy seguro de haber visto algo moverse —se dijo. Se bajó del alféizar y buscó con la mirada a Mo.

Mo, la Araña Nocturna, lo miraba ahora desde el rincón donde solía dormitar, justo detrás de la viga que había sobre el armario. Alabilú veía el resplandor mortecino de sus ojos verdes y redondos fijos en él.

—Ven, Mo —susurró Alabilú.

Mo salió de detrás de la viga. Lo único que se veía eran sus dos ojos que brillaban tenuemente moviéndose por el techo. Se detuvo justo sobre la ventana.

Mo era grande, como la mayoría de las arañas nocturnas, del tamaño de un gato recién nacido, y era muy inteligente. Entendía todo lo que se le decía, aunque no podía hablar. Para poder comunicarse con ella, Alabilú le había enseñado hacía tiempo a dar un golpe con una de sus patitas para decir “sí” y dos golpes para decir “no”. Además, y esto era lo más importante en aquel momento, Mo podía ver perfectamente en la oscuridad.

—Mira, Mo. ¿Hay alguien en el jardín?

Mo se giró hacia la ventana y sus enormes ojos fluorescentes escrutaron la oscuridad. Hubo dos truenos y algunos débiles relámpagos lejos, en el horizonte, más allá del bosque, antes de que Alabilú oyera la respuesta de Mo sobre la madera del techo: Tap. “Sí”.

Alabilú se estremeció, aunque no tenía frío. Tenía los ojos muy abiertos, tanto que casi le dolían, pero no veía nada ahí fuera. Se acercó un poco más a la ventana y puso la frente contra el cristal, que estaba terriblemente helado. ¡Sí, ahí estaba de nuevo! La sombra se acababa de meter detrás de los rosales. La había visto otra vez.

Alabilú se apartó un poco de la ventana. Había albergado la esperanza de que se tratara de un perro o cualquier otro animal, pero la sombra que ahora avanzaba agazapada a lo largo del seto no era nada de eso. Alabilú ya no se atrevía a asomarse otra vez. De repente le daba miedo ser visto.

—Dime, Mo, ¿se ha ido ya? —Alabilú miró los ojos redondos de Mo fijos en la oscuridad de fuera. El viento empezó a soplar aún más fuerte y dio tal empujón a la ventana que casi la abrió. Entraba por las rendijas haciendo —Uuuuu, UUUUUUU, Uuuuuuuu—. La lluvia azotaba los cristales. Alabilú se asustó mucho y dio unos pasos hacia atrás, hasta llegar a su cama, donde se sentó. La Araña Nocturna no se movió de donde estaba. Tap, Tap, oyó Alabilú, por fin: “No”. ¡No se había ido!

Alabilú se preguntó qué sería aquella sombra que estaba en su jardín y qué estaría haciendo, por qué no se iba. Después pensó con espanto que se hubiera metido a la casa. Se la imaginó, incluso, trepando por la fachada, una sombra desconocida dispuesta a entrar por su ventana.

Entonces Mo dio tres golpes el techo: Tap, tap, tap, muy seguidos, urgentes. No uno ni dos, sino tres. Alabilú estaba tan desconcertado que no se movió. Después recordó que algunas noches de verano había practicado con Mo los tres golpes, pero ella nunca los había utilizado. Alabilú siempre había pensado que no los había aprendido.

 ¡Tap, tap, tap! Mo volvió a golpear el techo, esta vez más fuerte y más rápido. Alabilú saltó de la cama y corrió hasta la ventana; los tres toques significaban: “¡Atento, Alabilú!”

Al principio no vio nada, solo lluvia y relámpagos lejanos, pero enseguida se dio cuenta de que la sombra estaba ahí mismo, de pie en medio del camino que llevaba hacia el bosque. Alabilú iba a apartarse de la ventana, porque había algo en aquella figura oscura que le ponía los pelos de punta, pero la curiosidad pudo más.

Se oyó un trueno tan fuerte que el cielo parecía haberse llenado de rocas monstruosas que chocasen entre sí. El intruso miró a su alrededor y comenzó a caminar hacia el bosque. Alabilú suspiró aliviado, pero justo en ese momento la sombra se giró y lo miró directamente a él. Alabilú dio un grito ahogado, sin poder apartar la vista de aquellos ojos que parecían brillar clavados en él. Entonces la figura volvió a darse la vuelta y echó a correr. Cuando llegó al pequeño puente cerca del linde del bosque, saltó con aterradora agilidad sobre el pretil de piedra y desapareció en el río.

—¡Mo, me ha mirado! —exclamó Alabilú en un hilo de voz.

Mo había vuelto al rincón oscuro que había encima del armario y lo miraba con los ojos muy abiertos desde detrás de una viga. Alabilú corrió a su cama y se tapó con las mantas aún calientes hasta la nariz.

—¡Tengo que contárselo a Papá ahora mismo! —se dijo.

Cuando estaba a punto de levantarse, oyó tres golpes suaves en el techo de su habitación, justo sobre su cama. Casi sintió ganas de reír de alegría. Esta vez no había sido Mo. Era la Abuela.

La habitación de la Abuela estaba justo encima de la suya. Cuando la Abuela daba tres golpes suaves con su bastón en el suelo no significaba “¡Atento, Alabilú!”, ni siquiera “¡Deja de armar jaleo!”, sino “¿Estás despierto?”.

Alabilú buscó a tientas en la pared justo sobre su mesita de noche. Pronto encontró lo que buscaba: un pequeño embudo.

—Estoy despierto, Abuela —dijo cuando le hubo quitado el tapón de corcho. El embudo estaba conectado a una tubería que subía por la pared hasta la habitación de la Abuela y acababa en otro embudo igual que el suyo. Lo había hecho él mismo, hacía mucho tiempo, por lo menos un año.

—Ya sé que estás despierto—. La voz de la Abuela le llegaba siempre acompañada de mil ecos y le erizaba la piel de la nuca, porque parecía que le estaba susurrando al oído justo a su lado, desde la oscuridad—. Esta casa es tan vieja como yo, pero sus huesos de madera crujen mucho más que los míos. No se puede dar un paso sin que se oiga en toda la casa. Y tú llevas un rato que no paras.

—Siento haberte despertado, Abuela —se disculpó Alabilú. Escuchó cómo sus palabras ascendían por el tubo hasta la oscuridad del techo.

—Ya estaba despierta, mi duende—. Alabilú supo por el tono de su voz que la Abuela estaba sonriendo. La voz de la Abuela le sonaba a crepúsculo, a castañas asadas, a nanas y a jabón—. A ver, ¿qué te pasa que no duermes? ¿No te deja la tormenta?

Alabilú dudó un poco, porque no quería preocupar a la Abuela, que era muy, muy anciana. Pero, por otro lado, tenía tantas ganas de decírselo. Fuera seguía lloviendo y tronando. Alabilú se imaginó a la sombra que lo acababa de visitar escondida entre los juncos del río, esperando, espiando. Luego vio a Mo, que lo miraba con los ojos brillantes y atentos desde su rincón en el techo. Parecía estar diciéndole: “Alabilú, cuéntaselo”.

—Abuela, había alguien en el jardín —susurró finalmente Alabilú, acercando mucho la boca al extremo de la tubería. De repente tenía otra vez mucho miedo. Ahora que lo había nombrado, sentía que el intruso aparecería otra vez. Miró hacia la ventana esperando ver una cabeza negra de ojos pequeños y malvados al otro lado de los cristales. O quizás ya había entrado en la casa y estaba en el armario o debajo de su cama preparado para saltar sobre él—. Ha estado un rato escondido en el seto, moviéndose de aquí para allá. Mo lo ha visto.

—¡Vaya una noche para venir de visita! —murmuró la Abuela. Luego preguntó: —¿No hizo nada más, solo dar vueltas por el jardín?

—No…—Alabilú pensó y entonces recordó algo más. Supo que la voz le iba a temblar. Se preguntó por qué tenía tanto miedo. Seguramente porque era de noche. Una noche extraña, además. Por la mañana sería distinto—. Sí hizo una cosa más, Abuela. Me miró. Se dio la vuelta antes de marcharse y miró directamente a mi ventana, como si supiera que yo estaba aquí.

—¡Qué peculiar! —dijo para sí la Abuela—. ¿Y adónde se fue?

—Salió corriendo por el camino del bosque. Después se tiró al río y desapareció.

La Abuela se quedó un momento callada.

—¡Estoy segura de que se ha ido a dormir! —sonrió por fin—. Y eso es, exactamente, lo que deberíamos hacer nosotros ahora. ¡Es tardísimo! Va a amanecer muy pronto. Por la mañana, cuando te levantes, sube a verme. Seguiremos hablando de todo esto, si quieres.

—¿Vendrá otra vez, Abuela?

—¡Claro que no, mi duende! De todas formas puedes pedirle a Mo que vigile hasta que salga el sol.

La Araña Nocturna salió de su rincón y avanzó entre las vigas hasta colocarse otra vez junto al marco de la ventana.

—Gracias, Mo —susurró Alabilú—. ¡Recuerda: tres golpes!

Mo lo miró un momento con sus enormes ojos que parecían flotar en la oscuridad.

—Buenas noches, mi pequeño —se oyó la voz de la Abuela, repetida cien, mil veces, deslizándose como una caricia por la tubería hacia abajo.

—Buenas noches, Abuela.

Alabilú colocó el tapón de corcho otra vez en la tubería y se arrebujó entre las mantas. Miró a la Araña Nocturna, después miró la ventana y empezó a contar. Era lo que hacía cuando no podía dormir. Uno…Dos… Pensó que le iba a costar mucho dormirse. Tres…Cuatro…Mmm…..Mmm… Pero enseguida perdió la cuenta y se le cerraron los ojos antes de llegar al diez.

                                         *****

Justo encima de Alabilú, la Abuela yacía en su cama con los ojos muy abiertos. La lluvia tamborileaba sobre el techo y los cristales. El viento ululaba en la chimenea y agitaba las llamas del pequeño fuego. La alcoba estaba llena de sombras que danzaban.

—Saltamontes —llamó la Abuela con voz queda.

Saltamontes era un perro pequeño de color canela. No tenía rabo, pero sí unas grandes orejas arrugadas de murciélago. Estaba dormido sobre una tupida alfombra frente al hogar. Al oír a la Abuela levantó la cabeza.

—¿Ocurre algo, Abuela? —preguntó, todavía un poco adormilado.

Saltamontes no hablaba nunca, solo cuando estaba a solas con la Abuela. Si había alguien más con ellos, ladraba como el resto de los perros y simulaba no entender nada.

—Baja al jardín, por favor, y quédate junto a la puerta principal, donde no se te vea—. La Abuela bajó ahora un poco más la voz—. Ha estado aquí otra vez.

—Ya es la tercera noche que viene —observó Saltamontes.

Después salió de la habitación sin hacer ruido.

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