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LA PLENITUD

 

LA CHISPA

algo terrible está ocurriendo -mi amor
se está muriendo nuevamente, mi amor que ya murió:
murió y ya lo lloré. Y continúa la música,
la música de la separación: los árboles
se vuelven instrumentos.

Louise Glück

Ya lo lloré, decía, tenía que llorar porque no hay palabra así, no hay.
Cuando yo buscaba esa, la perfecta, capaz de hacer
resucitar los muertos, venía el viento y no dejaba nada en pie.
No hay modo de remediar en el pensamiento ni en el corazón
lo que ocurre en el mundo, te lo dice cada una
de las hierbas del romero, alzando sus ramitas orgullosas
en su época de esplendor, las mismas que van a quebrarse, míseras,
maltratadas por el sol al poco tiempo. Quizás no importa nada
advertir cualquier belleza, quizás importaría
si esa atención puesta por un momento sobre ella
pudiera salvarla. Pero el deterioro es la fuente,
el agua de la que todos bebemos: amantes, animales, raíces,
el caracol dormido al que la marea le arrebata el caparazón
en la tormenta. Si amor es lo que nunca se deteriora,
lo que se entierra y vuelve, deberá ser ahí donde busquemos,
no en los rituales conocidos del grito
y el lamento, sino en ese silencio previo al sonido humilde
con que se enciende un tronco de madera tocado por una chispa,
e inicia el fuego que responde al encuentro de dos fuerzas, es decir,
a la atracción indestructible de las partículas del universo
las unas por las otras, nosotros mismos perdidos entre ellas.

 

LA GRACIA

A veces, muy raramente, un encuentro nos conmueve
de una forma que no puede ser atenuada por el pensamiento
o el lenguaje. Es que trae una memoria
de lo que fue íntimamente conocido y deseado, pero ha sido
desplazado a un lugar inalcanzable, de donde no sabría volver
a menos que una persona -entre todas- lo llamara. Somos
criaturas tímidas que no han hallado, en respuesta
a su curiosidad, a su pasión por las cosas, más que daño
o rechazo. Como animales que han luchado demasiado por su vida,
no sabemos qué hacer con la alegría, y si llega,
seguimos huyendo para salvarnos. Si lográramos vencer el terror,
si nos quedáramos, podríamos recuperar algo
perdido hace tiempo. La dicha más plena es una dicha física
y debería producirse sólo una vez,
antes de que conozcamos las palabras. Su regreso es siempre
un instante de gracia que nos devuelve el amor con el que un día
la materialidad del mundo nos ha tocado.

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