LAS AVENTURAS DE PERICO PICO

Os presentamos a Perico Pico. No, no.  Así no se empiezan los cuentos. Claro que no.  Vamos a probar otra vez: Érase una vez… sí, suena mucho mejor, ¿a que sí? Pues vamos allá. Érase una vez un niño de ocho años que se llamaba Perico Pico. Vivía en un pueblo muy pequeñito con sus papás y su hermana Lucía. Tenía muchos amigos: Cirilo, Marta, Carlos… de los que ya os contaremos aventuras más adelante. Como en el pueblo no había muchos coches, Perico Pico y sus amigos se pasaban el día jugando en la calle o paseando con las bicis, el patín o la pelota por las callejuelas del pueblo y las eras de los alrededores.

El pueblo de Perico Pico no tenía nada de extraordinario. Era como solían ser los pueblos hace tiempo: la gente vivía en casitas bajas, muchas de las cuales, además de las estancias de cualquier casa, tenían un establo y un gallinero, una leñera o un cobertizo con los útiles de labranza. Las calles eran muy estrechas, a excepción de la plaza mayor, sobre cuyo empedrado podíais ver la iglesia, el ayuntamiento, el bar y una fuente de la que manaba un agua bien fresquita. En las afueras había huertos donde los vecinos cultivaban patatas, tomates, cebollas y algunos árboles frutales, perales y ciruelos sobre todo; y, más allá, aparecían las eras y los campos de cereales. Los animales más apreciados en el pueblo eran las vacas. El maestro les había explicado a Perico Pico y a sus compañeros que, en ciertos países lejanos, la vaca era un animal totémico. Perico Pico no acababa de entender qué quería decir totémico, pero aun así, estaba fascinado por estos mansos animales, y por las noches se prestaba a ir con su lechera a casa de los vecinos (sus padres, desgraciadamente, no tenían vacas) a por la leche del desayuno. En el pueblo abundaban también las ovejas, los cerdos, los gatos y perros callejeros y, a mayor distancia de los humanos, los ratones. En verano, claro está, las moscas pesadas y zumbaderas se hacían las amas de cocinas, apriscos y corrales.

Junto al pueblo de Perico Pico, más allá de los huertos, las eras y los campos de cereal, se extendía un bosque que, en apariencia, tampoco tenía nada de extraordinario. Lo recorría un río estrecho y helador en el que todos los habitantes del pueblo se bañaban en verano (incluso el octogenario Ismael de piernas flacas), aun cuando salían del agua con el cuerpo amoratado, y donde los pescadores se metían con sus botas y sus mandiles de plástico, más arriba de la rodilla, para pescar truchas. En las orillas del río se encontraban sobre todo fresnos y chopos, pero a medida que se salía de este bosquecillo de ribera y se adentraba uno en el bosque propiamente dicho, aparecían los pequeños negrillos y los imponentes pinos, castaños y robles. Y a medida que se ascendía hacia los montes cercanos, hacían su aparición las olorosas plantas de matorral: la jara, el romero, el espliego. Las castañas y las jugosas moras anunciaban la golosa llegada del otoño, y diversos recolectores se disputaban su regalo: mirlos, verderones, ardillas y liebres. Más escondidos en la espesura del bosque vivían las manadas de ciervos y (estas últimas temidas por los pastores) de lobos.

Hemos dicho que el bosque, en apariencia, sólo en apariencia, era un bosque como todos. Oscuro y misterioso si queréis, cuando las copas de los árboles ocultaban el sol y el viento cantaba su canción entre las ramas. Pero nada más. ¿O sí había algo más? No se puede uno fiar de lo que se ve a simple vista, ¿verdad?

Pues no. Porque el bosque que se extendía junto al pueblo de Perico Pico ocultaba dos clases de seres muy distintos de los enumerados hasta ahora. Seres cuya vivienda, además, y según las circunstancias, podía volverse… invisible, ocultándolos a ellos también. Se trataba, por un lado, de una corte de hadas que vivía, junto a su reina, en un espléndido palacio de cristal desde tiempos muy remotos, incluso antes de que el pueblo de Perico Pico existiera como tal. Y por otro, de una cabaña destartalada donde se había instalado, ella sí, en tiempos recientes, una bruja que respondía al nombre de Manchonuja. No era una bruja malvada, qué va, aunque sí un poco gamberra y, por supuesto, feísima. Pero a Manchonuja también la vamos a dejar para otro capítulo, y ahora nos vamos a centrar en el palacio de las hadas.

Todo el mundo sabía que el palacio estaba ahí, en el corazón del bosque. Y, sin embargo, nadie lo había visto nunca. Acaso se habían enterado porque las propias hadas, en su forma invisible, visitaban el pueblo por las noches y llenaban los sueños de sus habitantes con historias de su propia vida. El caso es que, después de cientos de años, ya tenían ganas de darse a conocer, pero no sabían muy bien cómo hacerlo. Y he aquí que Perico Pico les dio la oportunidad.

Pues sí, lo habéis adivinado: Perico Pico era un niño muy curioso, y también muy testarudo. Un buen día se fue al bosque con un bocadillo de chorizo casi tan grande como él y se dijo a sí mismo que no se movería de allí hasta llegar a ver el palacio de las hadas. Se sentó sobre la hierba y, masticando tranquilamente, se dispuso a esperar días o semanas, si fuera necesario. Al verlo tan decidido, a las hadas enseguida les cayó muy simpático y convinieron en hacerlo ahijado suyo, no sin antes, no obstante, someterlo a varias pruebas. Y es que las hadas eran muy serias cuando ponían en práctica sus bromas.

Mientras Perico Pico daba cuenta de su bocadillo, sin tener ni idea de lo que se estaba cociendo a su alrededor, un inesperado remolino de hierba se agitó por los aires y vino a caer encima de su cabeza, lo mismo que si una peluca verde hubiera aterrizado sobre su pelo natural. Y claro, pasó lo que tenía que pasar: una vaca que andaba pastando por los alrededores, al ver tan suculento e inesperado bocado, se acercó a Perico Pico y, antes de que este tuviera tiempo de reaccionar, se llevó a la boca de un lametazo todo el postizo, impregnando a su dueño del olor y la saliva calientes, y llevándose de paso unos cuantos mechones verdaderos. Inmediatamente después, una lluvia de gotitas, no de agua, sino de miel, empezó a caer sobre él. Y claro, detrás de la miel llegaron las abejas, que lo obligaron a refugiarse, todo atribulado, en el tronco hueco del castaño sobre el que se apoyaba. Pero no acabó ahí la cosa: las hadas lo sacaron a rastras del tronco y lo llevaron en volandas por todo el bosque hasta tirarlo al río, ¡y eso que era invierno! Muerto de miedo por el aire y de frío después, ya en el lecho del río, Perico Pico salió muy enfadado y empezó a gritar en todas las direcciones: “¡ya está bien, ¿no?!”

Y las hadas consideraron que sí, que se habían pasado un poco. Así que empezaron a cobrar forma ante sus asombrados ojos, tan graciosas como en los cuentos, con sus alas, sus orejas puntiagudas, sus caras aniñadas y sus vestidos como de mariposa, y condujeron a Perico Pico, en un instante seco por arte de birlibirloque, aunque arrastrando algún que otro estornudo, a su palacio de cristal, en cuyo interior le esperaba, muy digna, la reina.

“Perdona las bromas, Perico Pico”, le dijo sin más ceremonia. “Teníamos que estar seguras antes de darnos a conocer”.

“¿Seguras de qué?”, preguntó Perico Pico sin dejar de mirar medio atontado a la fuente del patio del palacio, igualita que la de la plaza del ayuntamiento, sólo que toda de cristal.

“De que sabías que éramos nosotras”.

Las hadas, en compensación por las bromas gastadas, agasajaron a Perico Pico con unas deliciosas tartas de nube, su especialidad. Y después, muy contento, Perico Pico se despidió de todas y se volvió a su casa.

Aquello fue el principio de una gran amistad.

 

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