LAS LÁGRIMAS AZULES DEL ESCRIBIDOR

—¡Señores viajeros, acabamos de entrar en la estación de Santander. Fin de trayecto! ¡No olviden sus pertenencias!, —escucho la voz profesional del revisor, que no parece estar cansada tras haber estado pendiente de nuestro reposo durante toda la noche, mientras recorre solícito el pasillo de los coches cama. Y luego una parada en la puerta: Señora ¿se encuentra usted bien?, —pregunta discreto ante el contraste de mi tranquilidad, mirando por la ventanilla, con el maletín de viaje agarrado y sin moverme, y el bullicio de los tres o cuatro departamentos ocupados del vagón—.

—Perfectamente, gracias. Buenos días. ¿Podría enviar un mozo de confianza para ayudarme con las maletas?, —pregunto en la seguridad de la afirmación, mostrándome como la mujer de mundo que soy y que ha viajado en Wagon Lits por media Europa.

—Inmediatamente se lo envío. ¿Necesitará un taxi?

—En principio no. Me esperan en el andén.

Pero sigo sin moverme. Alargando el instante de bajar. Hasta que entra un muchacho después de pedir permiso y coge el baúl y la maleta como si fueran de pluma. Voy delante de él y apenas pongo pie en tierra, un chófer perfectamente uniformado con gorra de plato y polainas brillantes se me acerca descubriéndose.

—¿Doña Leonor? Me envía el señor Marqués para llevarla a la Casona. ¿Desea hacer alguna gestión antes de emprender el viaje?

Sueño con un tazón de leche hirviente con bollos. Un desayuno de los de antes. Podía retrasar la llegada al Valle pidiéndole al chófer que me llevara a algún lugar del Sardinero a desayunar, pero luego pienso que normalmente me quedan muchos días, —al menos hasta que la situación en Madrid se normalice—, para visitar la ciudad y disfrutar de ella. El Club de Regatas, el Casino, la Magdalena… Todo lo que conocía de oídas pero no había tenido ocasión de vivir entonces. Posiblemente el escenario seguirá igual. Es difícil que una ciudad cambie en treinta años a no ser que las bombas o el fuego la arrasen. Le saldrán arrugas, grietas en algún edificio, socavones en sus calles, nada que un Alcalde o Diputado no puedan arreglar en los despachos, antes de mandar una cuadrilla de obreros a reparar. Pero eso no tiene importancia en comparación con los surcos del alma, las patas de gallo, las bolsas en los ojos, la piel fláccida y las estrías del cuerpo, que en treinta años nos cambian a peor sin arreglo posible por mucho dinero que gastes en cremas y aceites.

Después de abrir el maletero del lujoso Bentley e indicar al mozo, —que no pudo evitar un silbido de admiración—, la disposición adecuada del equipaje, y mientras yo buscaba unas monedas para la propina, el chófer sacó un termo de una cesta de picnic y junto con un servicio completo de café que colocó ceremoniosamente sobre una bandeja de carey, me lo ofreció, una vez arrellanada en el mullido asiento trasero.

—No se preocupe la señora si derrama alguna gota. La piel de la tapicería va tratada de modo que, con un paño húmedo, saldrá la mancha. Los ingleses no perdonan el té y se las han ingeniado para poder eliminar los restos de bebida que provoquen los baches, —comentó entre jocoso y servicial. Cuando la señora ordene nos ponemos en marcha.

—Adelante, —le indiqué maravillada por la estabilidad del vehículo y asustada por los escasos kilómetros que me separaban de San Martín.

No había vuelto desde entonces, y no sabía qué me iba a encontrar. No temía por el estado físico de la Casona ni de lo que contenía, a cuyo cargo, y una vez muerta el ama, había dejado a Gela, persona de mi entera confianza que ya estaba casada con uno de los sarrujanes, un mocetón que había cambiado el cuidado de las vacas por el del jardín, y del cual el administrador me había dado excelentes referencias.

Mi angustia creciente se debía a la cantidad de memorias que allí había almacenadas. Placer y dolor en el aire de la Casona, a los que me tenía que enfrentar una vez tomada la decisión de abandonar el chalet de Madrid, tan cercano a la Quinta del Recuerdo en Chamartín, coto cerrado de los jesuitas, en el que se temía que las turbas siguieran campando a sus anchas. Las revueltas continuas, las quemas de iglesias y conventos eran el pan de cada día, sin que el Gobierno Republicano pudiera controlar los tumultos diarios, la bala perdida que dejaba un inocente en el suelo.

De poco valía que Maura, Ministro de la Gobernación avisara del peligro. “…junto a los edificios que se pretende destruir hay casas con millares de convecinos y ancianos a los que las llamas no podrían distinguir ni respetar.”

Madrid era un caos. Yo estaba segura de que se podía vivir sin reyes y con leyes, pero esa idea no correspondía con las imágenes que habían quedado grabadas en mi retina en las escasas salidas que hacía para merendar en Embassy o en el Ritz con mis amigas.

—Vente a vivir a la Embajada un par de meses mientras se tranquiliza el ambiente, —me propuso mi amiga Elizabeth Bibesco con su particular acento entre rumano e inglés una de las veces que vino a visitarme y a admirar el jardín. Antoine, mi marido, estará encantado de acogerte y allí nos ampara la Guardia de Asalto. No debes quedarte sola tan lejos del centro de la ciudad.

—Te lo agradezco enormemente, —le respondí. Pero posiblemente ahora sea el momento de volver a Santander. Allí estaré protegida por el Marqués. Y me harás muy feliz si vienes a hacerme una visita este verano. No te prometo reuniones con intelectuales, ni fiestas multitudinarias, porque cuando vine a Madrid no tenía ni quince años y no dejé amigos. Únicamente conocía a los vecinos de la finca, pero allí podrás escribir historias preciosas sin salir de la casa y del parquecillo que la rodea.

Y casi sin pensarlo me vi preparando el viaje. Lo hice rápido porque en el fondo temía que mi miedo a enfrentarme con el pasado fuera superior al temor de esperar el futuro en una ciudad que consideraba insegura.

Cuando el coche enfiló el camino de acceso a la Casona y divisé la figura de Gela junto al que debía ser su marido enmarcados ambos entre las dos palmas reales, que destacaban por encima del tejado, me di cuenta de que mi decisión no había sido equivocada. A pesar de la larga y dolorosa ausencia, había vuelto a mi hogar.

—¡Señorita, sea bienvenida! Y en el momento de bajar del coche Gela se lanzó a abrazarme llorando igual que el día que me marché, entonces con enorme tristeza. Ahora con inmensa alegría.

Este es mi esposo, —comentó ante el hombre que la acompañaba y que ya estaba descargando mi equipaje—. Benito se llama. Ya trabajaba de mozo con el señor. ¡Ojala se quede usted mucho tiempo en San Martín! ¡La Virgen de la Aparecida permita que la Casona vuelva a ser lo que antes de su marcha!

—Señora, —se despidió cortésmente el chofer. El señor Marqués me pide que le comunique que vendrá a visitarla a la mayor brevedad, pero que ante cualquier necesidad no dude en mandar recado y estará a su disposición.

Entré en la casa temblando apoyada en Gela que me sujetaba por la cintura, y yo me dejaba llevar como si fuera una niña. No parecía haber pasado el tiempo. Todo lo que estaba a mi vista permanecía igual. La mujer me llevó directamente al comedor.

—Le he preparado un buen tazón de leche caliente y unos bollos horneados esta mañana. Usted está muy flaca. La verdad es que desde siempre ha sido así, pero en treinta años bien podía haberse echado al cuerpo diez o quince quilos. ¡Míreme a mí! ¡Las carnes son salud! Las modas de la delgadez deberían estar prohibidas.

Me había colocado el desayuno en la cabecera de la mesa. Entonces yo era el ama y ese era mi lugar.

—¡Siéntate conmigo Gela, no te quedes de pie!, —le ordené.

—¿Yo en la mesa con la señora?, —preguntó incrédula—. No señorita, este no es sitio de criados.

—¿Me vas a desobedecer?, —hice como que me enfadaba—. Llevas mucho tiempo al mando de San Martín. Quiero que me cuentes como te organizas. ¿Os llega el dinero que acordamos con puntualidad?

—Sí señorita. El administrador se pasa a primeros de mes y nos trae nuestro salario. Yo le tengo preparada la lista de las cosas necesarias para mantener la casa y el jardín, y si hemos dejado a deber algo en el colmado de Terán, tal y como nos tiene dicho. Benito arregla si hay algún desperfecto de carpintería o pintura y yo me ocupo de que todo ande en orden. No subimos normalmente al piso de arriba. Las habitaciones están cerradas, los muebles tapados con sábanas, pero aún así, una vez al mes revisamos los balcones por si ha entrado humedad, los techos por las goteras y se airean los armarios. Todavía hay mucha ropa en ellos y temo por las polillas en los abrigos y las pieles de la señora y los trajes del señor.

He arreglado su dormitorio, —continuó su perorata, tal y como usted lo dejó, porque supongo que querrá instalarse allí—. De todas formas dígame si desea cambiar algún mueble o irse a la habitación de invitados que también es muy hermosa, pero, si le vale de algo mi opinión, yo no me movería de mi sitio. A no ser que quiera utilizar la habitación de la señora o del señor que son más grandes y deben traerle menos recuerdos.

Gela no deja de observarme mientras me habla, porque me conoce y sabe que aunque mis ojos no se encaminen en esa dirección, mi mente no se aparta del empapelado del comedor que queda justo enfrente de mí.

—El despacho del señor sigue igual. Yo lo limpio cuando va a venir el administrador por si tiene que entrar a repasar alguna cuenta. Pero no toca nada, ya me encargo yo. Hasta las botellas siguen dentro del mueble. Incluso la vacía… —y me mira indecisa sin atreverse a seguir con su discurso—.

—Usted quiere entrar ahí, ¿verdad señorita?

Sin contestarle me levanto de la silla y me dirijo como una autómata hacia la pared de enfrente. Empujo la puerta disimulada y casi invisible y entro en su aire azul. Hay humedad de panteón, olor acre a tinta, y acaricio los anaqueles y la mesa con devoción.

—Aquí entro solo una vez al año, señorita. Antes del Día de los Santos. Limpio y pongo unas flores en ese jarrón. A la semana las recojo y tiro el agua. Encontré este marco de porcelana inglesa con la imagen de la señora en su tocador y me permití vaciarlo y poner su foto señorita. Estoy seguro que el ánima de Diego viene a verla y a adorarla en esa víspera de Difuntos. ¡Ojala mi Benito me quisiera alguna vez como él la quería! –me dice entre pucheros. Y yo me uno a su llanto desencajada y abrazándola—.

—¿Y esto?, —pregunto ante una moneda de plata colocada junto al jarrón—.

—No me pregunte por eso señorita. Mi Benito la colocó ahí la primera vez que entró y nunca ha querido darme explicaciones. Asunto de hombres, me dijo, y no he podido sacarle una palabra más. Ya se dará cuenta usted de que es hombre de poca conversación.

 

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