MALNACIDOS

―Últimamente, tienes mala cara ―dijo Manuel―. Ya sabes lo que decía Reich: (las perturbaciones psíquicas son el resultado del caos sexual originado por la naturaleza de nuestra sociedad). Deberíamos echar otro polvo.

Mientras hablaba, lió un canuto de hachís. (Recién traído de los fértiles campos de Marruecos). El mejor polen del mundo. El chaval que se lo vendió iba por la vida cargado de droga y de eslóganes publicitarios. Se había empeñado en meterse en el terreno de Blanca. Algunos no saben lo que se hacen. Los jóvenes, diría la mujer que yacía a su lado, se creen invulnerables a todos los males que le rodean. Pero Blanca era un mal del que nadie salía indemne. Él mismo se había resistido a comprarle a aquel chaval para no buscarse problemas. Pero esa tarde no la encontraba por ninguna parte y recurrió a la competencia. Ya se las apañaría después con Blanca. Tras la primera calada, se dio cuenta de que el hachís no era tan bueno como pregonaba el vendedor. Todos exageran sobre lo que venden. En todo caso, y esto lo confirmó tras la segunda calada, no estaba mal. Era una pena que el chico y su mercancía fueran a durar tan poco en el barrio.

Mercedes se levantó de la cama. Estaba inquieta y no pudo permanecer más tiempo acostada. El invierno entraba en su ecuador y, a pesar del frío, salió desnuda de la cama y se acercó hasta la ventana. Un visillo sucio y raído apenas dejaba ver la calle. Las baldosas del suelo estaban heladas. Se puso de puntillas para alejarse un poco de aquel frío pétreo. Miraba a la calle sin ver. No le hacía mucha falta. Conocía el paisaje del barrio a la perfección. Llevaba años trabajando en sus calles. No eran muchos pero, a veces, se le antojaban demasiados. Conocía el paisaje urbano y el humano. En aquellas calles vivirían unas 4000 personas. Sabía el nombre y apellidos de la mayoría. Últimamente, andaba preocupada porque recordaba a la perfección números de expedientes, apellidos en varios idiomas, fechas concretas de algunos sucesos, informes de fiscalía y demás cosas relacionadas con su trabajo. Sin embargo, la memoria se le debilitaba en otros aspectos. Por ejemplo: a primeros de mes fue el cumpleaños de su marido y ella ni se acordó. A él no le importó mucho pero ella creyó ver en aquel olvido la señal de alguna enfermedad incipiente. Quizás fuera una de esas… ¿Cómo se llamaban? Entornó los ojos para pensar mejor. El gesto dio resultado. Idiota memoriosa. Eso era. Había un tipo de persona capaz de aprenderse de memoria la guía telefónica, siendo para el resto de cosas más bien idiota. Temía que ella tuviera alguno de esos trastornos. 

―Entonces ¿echamos otro polvo o qué? ―insistió Manuel.

Mercedes no le respondió. Permaneció desnuda y quieta delante de la ventana. Creyó ver pasar a alguien conocido y apartó el visillo mugriento para ver mejor. No era quien ella pensaba. Volvió el visillo a su sitio y pensó en las personas que ya no veía por las calles de Archipiélago.

―Te advierto de que todos hemos leído a Neruda. Me excita que te hagas la ausente. Cuanto más me ignores, más cachondo me pondré. 

Mercedes volvió a la cama con Manuel. Lo empujó suavemente para que cayera de espaldas sobre el colchón. Se sentó sobre él. Cogió su pene y lo acarició hasta que se puso lo suficientemente erecto. Entonces, se lo introdujo, despacio, en la vagina. Ambos compartieron un gemido. Mercedes descansó su peso sobre el cuerpo de Manuel. Le quitó el canuto y le dio un par de caladas. Estaba de mal humor.

―Me tienes harta con tanto Reich. Trabajando en este barrio, no es extraño que mi cabeza esté perturbada. Pero te diré dos cosas: ya veré yo qué hago con mi caos sexual y la sociedad no tiene nada de natural. Sólo faltaba.

Mercedes apuró el canuto. Se inclinó hacia la mesilla para apagarlo contra el cenicero. Manuel aprovechó la ocasión y mordió uno de sus pezones. Ella lanzó un grito corto, mitad dolor, mitad placer. Se echó hacia atrás y apoyó las manos en la cama. Empezó a moverse poco a poco. Manuel llevó sus manos hasta el sexo de Mercedes. Sus dedos, como si tuvieran inteligencia propia, empezaron a masturbarla. Ella recibió las caricias aumentando el ritmo de sus movimientos. Durante unos minutos, se dejó llevar, disfrutando de la postura y de los dedos prodigiosos de su amante. Entonces, de repente, se sintió muy cansada. Notó que le fallaban los brazos y que las rodillas le dolían. Se dejó caer sobre Manuel, que debía tener algún hueso y articulación extra en la muñeca porque no dejaba de acariciarle el clítoris, fuera cual fuera su postura. Mercedes acercó su boca al oído de él y le susurró:

―Vamos a corrernos ya.

Apenas acabó de hablar, su garganta sustituyó las palabras por gemidos incontenibles. Manuel la acompañó y se corrió junto a ella.

 ―¿A que ahora te encuentras mejor? ―le preguntó Manuel mientras se liaba un nuevo canuto.

―Más cansada.

―Ya es algo. El cansancio físico es más llevadero que el emocional o el psíquico.

―Posiblemente, pero todos a la vez son demasiado. Creo que deberíamos vernos menos. Estoy agotada.

―Me lo tomaré como un cumplido. Pero debo insistir en que follar siempre es positivo. Reich decía que…

―No vuelvas a citar a Reich, por favor.

Mercedes salió de la cama, esta vez con la intención de vestirse. 

―¿Dónde están mis bragas? ―preguntó después de mirar por todas partes.

―Te las he escondido.

―No me jodas, Manuel. No somos adolescentes. Me tengo que ir. Es tarde. 

―¿Para qué te tienes que ir?

―Otra vez. ¿Cómo puede ser que al que tenga que darle explicaciones sea a ti? Mucho rollo nihilista pero eres un macho posesivo como otro cualquiera.

―No, no. Me confundes. Me da igual que te vayas o te quedes. Sólo quiero que seas consciente de las obligaciones con las que te has atado.

―Menos mal que has venido tú a liberarme. Manuel, dame las bragas. Mi suegra no puede estar toda la tarde con el crío. Ni tengo ganas de que empiece a sospechar.

―Si tu suegra te molesta, ya sabes cuál es mi tarifa por cargarme a una vieja.

―Eres un imbécil. Anda, quédate las bragas. Seguro que Reich recomendaba el fetichismo por el bien de la salud mental.

Salió de la casa de Manuel con la misma incomodidad de siempre. Estaba metida en una locura innecesaria: liarse con un tipo que vivía en el barrio en el que ella trabajaba, donde todo se acababa sabiendo y comentando. Era casi imposible que los rumores de Archipiélago llegaran hasta su familia, separados como estaban por más de un abismo, pero tampoco le agradaba la idea de que fueran por ahí diciendo que la educadora tenía un rollo con Manuel. En qué estaría pensando. Ya tenía problemas de sobra para echarse un amante politoxicómano y asesino a sueldo. Debo terminar con esto, pensó, una vez más. 

Se metió dentro del coche y cerró los ojos. Aquello, con los años, se había vuelto una rutina imprescindible. Se sentaba en el coche, cerraba los ojos y se abandonaba por unos segundos. Los días pasaban a un ritmo frenético, sin un momento para descansar. Madrugar, ducharse, desayunar, recibir a su suegra, darle indicaciones sobre Iván que ella desoía sistemáticamente, fichar, trabajar, comer tarde y sin hambre, volver a casa con Iván, pasar la tarde con él compensando la culpa por abandonarlo todas las mañanas, bañarlo, darle la cena, acostarlo y dormir para recuperar fuerzas con las que repetir la rutina al día siguiente. En toda esa vorágine, sólo cuando entraba al coche antes de volver a casa y cerraba los ojos, conseguía la sensación de parar y desconectar brevemente. Un día se dio cuenta de que no hacía falta entrar al coche, meter la llave y arrancar al instante. Podía retrasarlo unos segundos, quedándose sentada, quieta y silenciosa. Aquello le daba una falsa sensación de controlar su tiempo que le resultaba muy reconfortante. Un pequeño oasis de descanso en mitad de la agotadora jornada.

Abrió los ojos cuando se dio cuenta de que la rutina que había repasado no incluía ni a Manuel ni a Javier. No supo cómo interpretarlo. Manuel era, hasta cierto punto, reciente en su vida y pudiera ser que sus pensamientos habituales no lo hubieran incluido todavía. En todo caso, podía enumerar ya algunas rutinas relacionadas con él: llamar a su suegra inventando una excusa para un nuevo retraso, ir a la casa de Manuel con cuidado de que no la vieran entrar, escuchar cómo disertaba sobre Reich o la Nada, echar uno o dos polvos maravillosos, despedirse con alguna discusión… Era Manuel quien provocaba aquellas pequeñas peleas. A saber por qué. Sin embargo, Javier llevaba años y años en su vida y, a pesar de eso, podría enumerar pocas rutinas relacionadas con él: el beso mecánico de despedida cada mañana, la comida dominical en el Club… No pudo recordar más. Estaba segura de que su vida con Javier estaba llena de esas rutinas pero no conseguía recordar ninguna. Javier no era, ni mucho menos, un hombre espontáneo o caótico. Todo lo contrario. Su vida era orden y disciplina, seriedad y rigor. ¿Cómo, entonces, ella no recordaba sus rutinas con él? Quizás se debía a que apenas pasaban tiempo juntos o a que sus vidas se relacionaban sólo en lo formal. Estaban cada vez más lejos, probablemente.

Todos esos pensamientos frustraron el único rato de descanso del día. Cabreada, encendió el motor y empezó a conducir.

 

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