MARIPOSAS EN EL JARDÍN

No reconozco a esta mujer. Su cuerpo ha sido devorado por esa masa de sebo que sobresale por ambos lados de la cama. Está llena de cables y no siento ninguna compasión por ella. Tiene los ojos abiertos, pero no me mira a mí, jamás lo hizo, por tanto, no me sorprende que tampoco lo haga ahora. Ni siquiera sé por qué he venido. En realidad lo he hecho porque Eve me lo pidió, y a ella no puedo negárselo. Me siento en la silla y miro su cara blanca y flácida, el surco oscuro que rodea sus ojos, y ese gesto torcido en la boca. Sobre su hombro hay un pañuelo para absorber la baba que navega por su mentón como un barco invisible; podría limpiársela, pero me prometí que nunca lo haría. Apenas le queda pelo en la cabeza; el rojo intenso ha sido reemplazado por un grisáceo muerto que la hace aún más vieja, y ni siquiera así me inspira ternura. Escasamente le quedan dos bultos retorcidos de lo que fueron sus manos; y el mal olor a medicamentos que desprende su piel me da ganas de vomitar.
Cuanto más miro su rostro, más extraño me parece, es como cuando repetimos una palabra demasiadas veces y pierde todo su sentido. No sé qué espera Eve que suceda. Quizá la culpa fue mía por intentar protegerla, aunque al final no lo logré y esta mujer me venció. Eve se ha pasado la vida cuidándola. Cuando enfermó cambió de piel como las serpientes y ante sus ojos se volvió la más cándida de las madres. Yo conozco su trasfondo. Por fuera, lo esconde con ese aspecto frágil que le da la enfermedad, pero estoy convencida de que el veneno que lleva dentro por fin le ha reventado las arterias y está pagando por su maldad. La enfermera entra y me mira con simpatía. Cree que sufro por verla así. Me pone la mano en el hombro intentando consolarme. Me dice que aunque su estado es terminal, está bien cuidada y no debo preocuparme, pronto llegará el final: “Es lo que Dios ha querido”, me dice con pena. Y yo me pregunto: ¿Dónde estaba Dios hace treinta y cuatro años? El calor de la habitación empieza a agobiarme. Me quito el abrigo a pesar de que no quiero hacerlo, eso significa que me quedaré más tiempo del que tenía pensado, y no es mi intención. Miro en mi bolso y busco mis pastillas, últimamente abuso de ellas, es lo único que me mantiene relajada. Temo que voy a tener un ataque de ansiedad y quiero conservar el control de mis palabras cuando aparezca Eve. Intento respirar con normalidad, pero el pinchazo que siento debajo de mis costillas no me deja coger aire. Lo intento de nuevo (espero que el dinero que gasto en mis clases de yoga sirva para algo), vuelvo a inspirar profundamente y suelto muy despacio el aire. Sé que lo ha hecho a propósito. Me dijo que viniera a las tres, pero ella lo hará más tarde; quiere que sienta remordimientos por no haber querido ver a Fiona en diecinueve años. Ya es tarde para eso. Lo único que siento es no haber tenido nunca valor para contarle la verdad. Necesito fumarme un cigarro, sentir el humo en mi garganta y notar cómo entra en mis pulmones; qué placer tan desgraciado. Creo que no he elegido el mejor momento para dejarlo. No quiero que Eve huela mi mal aliento. Siempre dice que el tabaco me matará. ¿Acaso no estoy muerta ya? Lo que ve de mí es solo un espectro que deambula sin tener un lugar en el que esconderse. Noto cómo el sudor me empapa las axilas. Las gotas en mi espalda me caen por la rabadilla y mojan mis bragas. Necesito tomarme la pastilla, ya. Me pongo el abrigo de nuevo, me da vergüenza que aparezca Eve y advierta los cercos de humedad en mi camisa, quiero estar impecable cuando me vea. Salgo al pasillo. La enfermera es demasiado amable conmigo, no me fío de tanta cordialidad; no conozco a nadie así. Le enseño la caja de Valium y me ofrece un vaso de agua. Se da cuenta de que estoy demasiado nerviosa y me pide que me siente en el pasillo a esperar a mi hermana. ¿Cómo sabe que Eve es mi hermana? Me quedo mirándola sorprendida.

—Perdóneme, son ustedes como dos gotas de agua —dice con voz entrecortada.
—Eso no es cierto, no nos parecemos en nada —le digo con aspereza.
—Si necesita algo más estoy en el control —me indica con amabilidad, a pesar de mi desagrado.
Hace seis meses que no veo a Eve. Antes de que Fiona empeorara nos encontrábamos en cualquier cafetería elegante y pasábamos la tarde juntas. Ella siempre discute conmigo, dice que no hay necesidad de gastar tanto dinero en un café, que podríamos ir a algún sitio más barato. Yo insisto en que el dinero no tiene importancia para mí. Cuando la enfermedad de Fiona degeneró y quedó postrada en la cama, Eve dejó sus estudios y se dedicó a ella por entero. Le propuse poner a una enfermera para que la atendiera todo el día. Yo la pagaría, pero no por generosidad, sino porque no puedo soportar que desperdicie su vida y su carrera por ella. Le supliqué que siguiera estudiando. “Julia, ¿de verdad crees que me gusta estar aquí limpiándole la mierda?, pero mamá me necesita. Cuando ella muera seguiré estudiando, no te preocupes por mí”, me dijo con desánimo. Si supiera el daño que me hace cuando dice esas dos sílabas: “Mamá”. Es como si un escorpión me picara y su ponzoña hiciera que todo mi cuerpo me escociera, entonces tengo ganas de tirarme del pelo y arrancarme la carne. Desde que tenía quince años no la he vuelto a llamar así. La única madre que yo conozco es mi abuela Amelia.
—¡Hola, Julia! —me da dos besos.
—¡Hola, Eve! —¡Qué bonita! Es como mirar un ángel.
—¿Llevas mucho tiempo esperando? —me coge de la mano y me conduce a la habitación.
—Sabes perfectamente que sí —le sonrío—. Me alegro mucho de verte, hace más de seis meses desde la última vez.
—Si no me has visto ha sido porque no has querido, sabes muy bien dónde paso el día, la noche y los meses.
—Ya —bajo la cabeza, no he venido aquí para discutir con ella— ¿Para qué me has llamado? —es la primera vez que me echa en cara que la dejara sola con este peso.
—Julia, mamá se muere.
—Sí, la enfermera me ha… ¿Podemos salir de la habitación?, no puedo estar aquí, necesito aire. Eve me muestra su descontento; aunque aún no me ha dicho nada, sé que quiere obligarme a hacer algo que no puedo hacer. Las dos nos dirigimos a la máquina de café, sé que no debo, pero me gusta tanto su aroma, me huele a hogar, y eso me calma. Ella se prepara un cappuccino, yo, café solo sin leche ni azúcar.
¡Hace tanto calor aquí! Eve mueve el café, parece que no se atreve a hablarme. Es tan joven y tan fuerte a la vez. Se queda pensativa y el pelo le cae delante de la cara. Me recuerda a esa niña a quien yo le colocaba el cabello detrás de las orejas para que no se le metiera.
—Debemos pensar en preparar el funeral. También hay que decidir si vendemos la casa o qué hacemos. Sé que no es agradable, pero cuanto antes lo resolvamos mejor. Tú que eres abogada, deberías saberlo. Me sorprende que, a pesar de que yo dejé esa casa con quince años, Eve quiera que me quede parte de ella, cuando sin pensarlo siquiera, yo misma la quemaría.
—No, Eve, esa casa es tuya, yo no quiero nada de lo que hay en ella, tú te la has ganado; y en cuanto al funeral… —me contuve, pues yo hubiese tirado a Fiona al río Hudson para que la devoraran los peces—, haz lo que tengas que hacer.
—¿Vas a venir?
—No.
—¿Ni siquiera por mí?
—Si lo hiciera por alguien —le cogí la mano— desde luego sería por ti, pero no puedo. En vez de llorar por Fiona, lloraría todo el tiempo por mí —sentí dejarla sola otra vez.
—Julia, de verdad que llevo toda mi vida intentando entender qué pasó entre vosotras. ¿Tan grave fue lo que te hizo que no puedes perdonar a una mujer que se está muriendo?

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