Leer Mi nombre es Ana

MI NOMBRE ES ANA

 

Sólo he llegado hasta el portón.

– ¿Dónde va, señora Ana?

– ¿Ha vuelto algún hombre? ¿Sigue el Mudo en la torre?

– Desde el mirador lo verá usted mejor – dice la mujer que me persigue-, ¡venga, vamos adentro! – y me agarra con firmeza por un brazo, alejándome de la calle.

Y otra vez al mismo sitio, en el sillón orejero, delante de la mujer que me vigila, tiesa como un palo, luciendo orgullosa mis pendientes buenos y sin mover una pestaña. Hay que tener poca vergüenza para llevar puesto algo mío y mirarme de esa manera tan descarada. No atino a razonar quién la ha puesto en ese sitio de estafermo, justo donde estaba la foto del Mayorajo.

– ¡No veo la torre de la iglesia desde aquí! – protesto.

Pero nadie me contesta, ni siquiera la mujer que me sonríe de medio lado se molesta en volver la cabeza. Sé que la conozco de algo, pero no debe haber venido a verme, porque si así fuera me daría algo de conversación. Igual está esperando a que vuelva mi hija Anita de Fuente Álamo, porque hace tiempo que no viene por Puerto Lumbreras, ni me trae a la chiquilla para que la vea.

Por la calle no pasa ninguna mula. Es como si todos los carros hubieran desaparecido de repente. Y yo no puedo quedarme aquí con esta comezón por dentro. Tengo que salir a enterarme. Necesito saber si alguno ha vuelto dando razón del alijo, que la tormenta de esta noche seguro que ha revuelto la mar y ha embarrado los caminos.

– ¿Dónde va, señora Ana?

– ¿Ha vuelto algún hombre? ¿Alguien ha traído razón? ¿Sigue el Mudo en la torre?

– ¡Ay, señora Ana! ¿Otra vez dale que dale con la misma papeleta?

Esta vez he estado muy cerca de la calle. Pero no puedo escapar de la mujer que me espía. Hasta que el Mayorajo no vuelva no me van a dejar en paz. Por eso nadie habla conmigo ni me explica lo que pasa. ¡Ya se enterarán cuando él regrese quién es el que manda aquí!

Cuchichean a mis espaldas tanto las mozas como mis hijos. Lo único que sé por el momento, por mucha atención que ponga, es que me tienen como presa en mi casa y aún quedan muchas cosas por hacer, ¡conozco mi obligación mejor que nadie! Sólo yo estoy al tanto de lo que se necesita en este momento, porque es mucho lo que llevo corrido y muchas las noches en vela que he pasado a la sombra del tabaco y de mi hombre. Hay que subir a las cámaras, contar los lebrillos, desocupar banastas, juntar el aceite de las tinajas a medio llenar, limpiar las artesas por si algún bulto viene roto, abrir los colchones de borra y preparar la habitación de los cofres. Aunque tenga que vaciar mi arca de novia.

– ¿Ha vuelto algún hombre?, ¿Sigue el Mudo en la torre?

– ¡Y dale otra vez vuelta al torno! El pobre Mudo bajó de la torre hace milenta años, señora Ana.

 

CAPITULO 1 : EL ARCA DE NOVIA

“Una moza en el barranco/ Con quince abriles que tiene/Y un arca de ropa llena/Y su novio que la quiere/Para casarse con ella.”

– Como una marquesa va a vivir la que se case conmigo – dijo el Mayorajo cuando mi padre me llevó casi a rastras a devolverle los cincuenta duros de plata que me dio en el Barranco.

– ¡Bien está lo que usted razona don Ramón, pero la moza es joven y aún tiene que aprender! – contestó él con escaso atrevimiento para contradecir sus palabras.

– Es valiente y lista Bartolo, así que aprenderá ligero lo que necesito – y me pareció que guiñaba un ojo, no sé si a mí o a mi padre – ¡No te preocupes del ajuar ni de preparativos de boda, hombre, eso es cosa mía!

Mi padre agachó la cabeza y se retiró despacio con la bolsa de tela en la mano, con más dinero del que había juntado en su vida herrando caballerías, como si le dieran vergüenza las palabras del señor o el negocio que había hecho conmigo y mi vida.

El Mayorajo cumplió con su promesa. Y a la semana siguiente un carro subía despacio el repecho del Castillo como si el que llevaba las riendas no tuviera otra cosa que hacer a lo largo del día. Las mujeres se santiguaban, los hombres se quitaban la gorra y los críos se escondían en las faldas de sus madres. El carpintero, indiferente y acostumbrado al mal agüero que siempre provocaba su visita, por la carga que llevaba en ocasiones, miraba al frente con medio caliqueño sujeto en uno de los huecos de su dentadura.

– Ave María Purísima, ¿dónde irá este hombre?

– El hijo del Nono cogió unas tercianas muy malas…

– ¡El chiquillo del Perla nació tan endeblico, que en qué se vio don Pedro el médico de que tomara aire..!

– ¡Ni las campanas tocan cuando se muere un pobre!

Pero el carro seguía subiendo sin prisa y la gente suspirando y alegrándose cada vara que separaba la bestia de las cuevas de sus parientes.

Yo estaba en ese momento peinándome en la puerta de la calle, distraída, de espaldas a la cuesta y seguía curiosa, a través de un espejillo colgado en la pared, el carro del carpintero. Seguro que no venía a mi casa, así que no me asustaba su visita, porque mi madre estaba trajinando con el puchero, oía a mi padre dar golpes con el mazo y mi pobre hermano José estaba sirviendo al rey muy lejos.

– A la paz de Dios. Vengo con una manda. ¿Hay ayuda de algún cristiano para bajar el bulto?

Mi padre, cuando oyó al dueño del carro, salió de la cuadra a arrimar el hombro y mi madre apareció retorciéndose las manos en el delantal temiéndose, como siempre, lo peor.

Aquello no podía ser una caja de muerto por el tamaño. De largo sí que se acercaba, pero era el doble de alta y en vez de una manta parda estaba envuelta en una jarapa de colores. El peso obligó a los hombres a resoplar cuando dejaron la carga en el suelo y mi madre, impaciente, no esperó a meter el envío en la casa. Allí mismo quitó la retalera y descubrió el arca más fina que yo había visto nunca, oscura y con herrajes muy brillantes.

– ¡Nogal!, dijo mi padre sin atreverse a tocarla. ¡Esto es plata criatura!, – casi gritó al fijarse despacio en las esquinas de la valija.

– ¡Vamos a entrarla Bartolo! No es cosa de estar en la calle, que ya vienen los vecinos a curiosear.

Y entre los tres colocaron el arca en medio de la habitación que hacía las veces de entrada, sala, cocina y leñera. En una de las esquinas, una cortinilla de franela escondía el catre donde yo dormía.

– Esto es de la señorita – y el carpintero alargó una llave-. Me quité de en medio sin saber a quién le hablaba, hasta que el hombre la puso en mis manos. Yo no acababa de entender que aquello era por mí y para mí, y que mi vida iba a cambiar para siempre a partir de ese momento.

Mi padre, mi madre y yo nos quedamos como pasmarotes con aquella joya delante.

– Trae acá esa llave niña, que habrá que ver qué hay dentro, – se arrancó él primero.

El arca estaba a rebosar de ropa blanca envuelta en papel de seda. Enaguas, chambras, camisas de satén, lino, tafetán…, crujientes, almidonadas y adornadas casi con más encajes y puntillas que tela llevaban. Y ¡aquel aroma a gloria bendita!

– ¿Qué haces, Anica? ¡Deja ya de revolver la ropa, que la vas a arrugar!

– Madre – le contesté impaciente sin sacar las manos – ¡Seguro que hay jabón de olor!

Porque lo único que yo envidiaba entonces era el jabón de olor. Una vez, la hija de Rosario la Pelos, Sabelilla, me había dado un cacho pequeño a cambio de hacerle una trenza de cuatro ramales. La criatura, aunque descalza, estrenaba un vestidillo de percal, seguramente regalo de un cliente de su madre y quería un peinado acorde con la ocasión. Vino feliz con su tesoro, envuelto en un papel blanco medio deshecho, en el que se adivinaba en tinta verde el tejado de una fábrica.

– Anica, ¡te lo doy si me haces la trenza de cuatro ramales de reina de España! Anica – insistió al ver el poco caso que le hacía – ¡Que es jabón de Córdoba!, lo tengo porque se lo regaló un señorito del tabaco a mi madre –dijo en un último intento para convencerme.

Acostumbrada al jabón casero, que era el que mi madre hacía con aceite usado y sosa, yo no sabía qué hacer con aquella joya, ni en que parte de mi cuerpo usarla, porque el trozo era demasiado pequeño para mis ansias. Al final me enjaboné despacio la cara, disfrutando de la espumilla que se formaba. Yo tenía la obligación de ir todos los días al caño a lavar o a coger agua, y el buen olor se iba a perder muy pronto si lo gastaba en las manos. Bajé por el escote hasta el pecho para disfrutar el perfume por la noche yo sola en mi jergón.

Removí aquella maravilla como registraba las alforjas de mi padre en busca de algún confite cuando volvía de Lorca de la talabartería del Pijaco. Y allí estaban esperándome. Encontré hasta seis pastillas envueltas en papel blanco con el dibujo verde de la fábrica de Córdoba. Entonces yo era muy joven para relacionar el origen del jabón de Sabelilla con mi regalo, y aunque así hubiera sido, mi alegría ante el tesoro estaba lejos de cualquier recelo.

–Y ¿qué mujer decente sale así a la calle? Esto habrá que cubrirlo con algo – dijo mi padre a la vista de tanta ropa blanca.

Pero no se atrevió a preguntar al Mayorajo cuando subió al oscurecer.

– ¿Llegó la manda, Bartolo?

– Llegó, don Ramón.

– ¿Dónde se acristianó tu hija?

– En Cuevas. De allí viene la familia.

– Mañana mando un propio por los papeles. El domingo a las seis de la mañana os quiero abajo en la iglesia, que nos van a echar las cruces. ¿Dónde está mi novia?

Y yo, que estaba en un rincón escondida por vergüenza, supe para bien o para mal, que ya era cosa suya. Mi padre agachó la cabeza y salió a la calle. Estaba acostumbrado a desaparecer sin que se lo mandaran, y a las recompensas que los señores daban a quien obedecía sus órdenes antes siquiera de darlas.

– ¿Estás conforme tú?

– Lo que diga, don Ramón, – contesté entre sumisa y complaciente.

– Anda, ven aquí y dame siquiera un beso. Y no me llames don Ramón, que en dos días te vienes conmigo.

Y me abrazó con fuerza buscándome la boca, pero se paró en el cuello.

– Así me gusta. ¡Que mi novia huela a hembra limpia!

De repente se separó de mí bruscamente y salió a la calle.

– Con Dios, Bartolo – se despidió de mi padre que esperaba discretamente su salida en el poyete junto a la puerta de la casa-. Voy a subir a echar un trago a lo del Ciego, que se me acaba la soltería.

– Vaya con Dios, señorito.

La casa del Ciego, en lo alto del Barranco tenía fama por el buen vino y las mejores putas de la comarca. Lo difícil de su entrada garantizaba a la clientela discreción casi absoluta. Ni siquiera las caballerías podían llegar fácilmente a la placetilla emparrada que daba entrada a la taberna, y, como todos los hombres que se atrevían con el último repecho de la cuesta buscaban lo mismo, nadie preguntaba el motivo del esfuerzo aunque se saludaran discretamente.

– Esto cuesta más trabajo que ver la uva del Ciego, – decía la gente cuando algún asunto se atrancaba y no había manera de sacarle punta.

Durante toda la semana al caer la tarde, un constante ir y venir daba fe del éxito del negocio si bien los días de más faena eran los martes, cuando los marchantes venían al mercado y las talegas estaban llenas de monedas, pues sabido es que un buen trato acaba siempre en celebración y los castellanos, además de ser buenos pagadores, no estaban dispuestos a perderse el correspondiente alboroque.

Tampoco era malo para el negocio el sábado al oscurecer, con los jornales recién cobrados. Pero era el viernes por la noche cuando había más gente de posibles haciendo gasto en el burdel, donde a las mozas de diario se añadía en bastantes ocasiones alguna cómica de gira por los pueblos de alrededor dispuesta a dejar de pasar hambre al menos durante una temporada.

Fama tenía la clientela de los viernes de ser rumbosa con el género que presentaba el Ciego. Su casa se conocía desde Lorca hasta Vera, que ya eran kilómetros, y a veces hasta algunos señoritos de Totana, que estaba aún más lejos, ocupaban sus mesas y sus catres aunque el pretexto que dieran al salir de sus haciendas y sus casas fuera el de ir a jugar a las caras en el bar Levante de mi pueblo, a pesar de que no estuviéramos en la Pascua que es cuando corresponde entretenerse con eso.

Por las mañanas, sin embargo, nada daba a entender que la vida de aquellas cuatro o cinco mujeres no fuera tan corriente como la de cualquiera de sus vecinas, y ningún detalle en su aspecto las hacía merecedoras de las cuatro letras de su nombre. Desaliñadas y sin afeites, cinturas sueltas y pechera floja, enjabegaban paredes, rociaban la puerta en las tardes de fosca, preparaban el brasero en invierno, asoleaban la ropa blanca y empinaban el puchero con los despojos o garbanzos que tocaran ese día. Las madres se ocupaban de alimentar a los chiquillos, poner en solfa al que se desmandaba y mediar en las peleas que se organizaban.

Al no haber ningún hombre que gobernara como padre a las criaturas, era el Ciego el que sentado a la puerta de la casa en una silla baja y sin verlos, los medía con la vara a poco que se desbocaran. Nadie se explicaba cómo atinaba a dar al que correspondía el castigo sin rozar siquiera al resto de la compañía.

Las malas lenguas decían que, aunque no había firmado por ninguno de ellos, en la prole había una marca de fábrica: una manchilla morada donde la espalda pierde su nombre, que el viejo también arrastraba con orgullo de estirpe. Era el contrato que vinculaba a la madre con el patrón de la casa y que las mantenía bajo techo y con comida caliente aunque enfermaran y no estuvieran útiles para el servicio, que entonces llamaba al médico para que subiera a verlas, aparte de la ronda corriente que el de turno les hacía todos los meses para curiosearles los bajos.

Como el amo del negocio llevaba la misma chaqueta de pana en invierno y verano, y mantenía los pantalones sujetos con una soga bien prieta, no había quien se atreviera a comprobar la verdad del asunto, aparte de que ya había que tener ganas para arrimarse a semejante prenda. Venteaba a las hembras desde bien lejos y a poco que te descuidaras te convencía para que te apiadaras de su ceguera y le acercaras cualquier cosa que se le antojara en ese momento, aprovechando la situación para rozarse contigo.

Mi madre me mandaba de vez en cuando a dar algún recado a la de Sabelilla y aunque yo procuraba dar la vuelta por detrás de la casa para entrar a la contra del aire, siempre me descubría:

– ¡Ay, muchacha, dale la mano a este pobre ciego que pueda levantarme! ¿Eres tú la chiquilla de Bartolo? Anda acércate que conozca lo alta que estás ¡Qué buen cuerpo se te está poniendo hija mía!

Hasta que una de las veces le dije a mi madre que ya no volvía con más encargos. No me acuerdo porqué, pero seguro que algo tendría que ver con las ganas de sobar que tenía el viejo.

Que yo me acuerde fue así lo de mi arreglo con el Mayorajo. Igual que me tocó a mí le pudo tocar a la Escobara o a Mariquilla, que estaban conmigo de palique en la placeta del Barranco aquella tarde de mayo. Allí nos juntábamos a hablar y a ver al personal subir a casa del Ciego.

– Cincuenta duros de plata le doy a la que quiera ser mi novia – dijo el Mayorajo-, enseñándonos una bolsa de tela parda.

Y yo, que acababa de cumplir los dieciséis, me adelanté a las otras como si fuera una cría y estuviera jugando al marro o al pañuelo, sin saber que ese gesto me iba a marcar para siempre. Juro por mis hijos que no lo hice por salir de la miseria ni del Barranco. Por aquel entonces soñaba con ser una buena peinadora para ir por las casas, y, arreglando la cabeza a las vecinas que me llamaban, ya había empezado a juntar dinero para poder comprarme la bolsa con un peine de púas claras y otro de espesas que eran herramientas necesarias para pensar en hacerme una buena clientela en el pueblo. Era feliz con mi vida, inventando moños de currusco a media cabeza, colocando crepé de relleno en los pelos ralos, poniendo pinzas, horquillas finas y peinas de adorno. Tenía otras ilusiones, y nunca había pensado en que un encuentro de aquella clase cambiara mi sino tan de repente.

–Yo misma don Ramón, – contesté encarándome con él –, porque ya sabía que era uno de los señoritos que frecuentaba la cuesta del Castillo los viernes.

 – Y tú, ¿quién eres?, – preguntó curioso.

 – Mi nombre es Ana.

Ramón García no era cualquiera. Era uno de los cuatro Mayorajos, un mote que en algunas ocasiones espantaba el pronunciarlo y otras se bendecía, según la circunstancia de que se tratara, pero que de cualquier forma imponía respeto. Ese apodo les debía venir de antiguo, porque lo llevaban todos los hermanos, no sólo Juan, el mayor, como es costumbre en otros sitios. Este Mayorajo, además de dinero tenía una buena casa, de las mejores del Puerto. No en vano era una parte de la hacienda de verano que tenían los dueños de la Casa de las Columnas de Lorca en Puerto Lumbreras y que él había comprado después de muchos años de andar por la sierra. Estaba situada justo enfrente de la Iglesia y llamaba la atención no sólo por sus buenos balcones y los dos miradores, sino por el portalón de carruajes que daba a la calle principal.

Ramón García, el Mayorajo mío, guapo no era, ni tampoco buen mozo, para qué voy a negarlo, pero su vestimenta era impecable. Siempre llevaba sombrero, de fieltro en invierno, de paja en verano, con la visera caída. Igual era para disimular lo del ojo derecho que bizqueaba continuamente y que le afeaba bastante, hasta el punto que resultaba difícil mirarlo a la cara con serenidad. Cuando ya hubo confianza y en la casa me buscaba también de vez en cuando para hablar de sus cosas, me contó que una vez en el Hotel Palace de Madrid (el mejor de los hoteles de entonces) escuchó al mismísimo D. Juan March decir que un buen sombrero no sólo tapa la cabeza, sino que también te da categoría, y que eso fue lo que él pensó cuando se compró el primer hongo.

Esto fue algunos años después de nuestro primer encuentro, cuando yo ya sabía distinguir un Borsalino de un Frégoli o de un Panamá. Aunque cuando te lo echabas a la cara, en lo primero que te fijabas del Mayorajo era en la leontina de oro que desde el borde del chaleco descansaba en el bolsillo, y que brillaba al sol como si fuera un caminillo de caracoles. Yo pensaba que llevaba un reloj colgado de ella, pero era una onza de oro lo que la remataba.

– No hace falta medir el tiempo – me dijo una vez –, sólo hay que gastar el necesario en cada cosa. Si se hace así, siempre te sobra.

No sé por qué se acercó a nosotras. Tal vez tuviera ganas de broma antes de subir en busca de la puta de turno. A lo mejor pensaba que nos iba a dar reparo y nadie iba a contestarle. De las tres yo no era la que mejor cara ni cuerpo tenía. Eso sí, a gracia no me ganaba nadie, y también era lista como el hambre. ¡De otra manera no hubiera sabido aguantarlo y complacerlo durante tantos años!

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