Leer Nación del sueño

NACIÓN DEL SUEÑO

​​

VENDRÁ PAN UNA NOCHE DESCUIDADA como amor o amigo enmascarado a fumar un cigarro y brindar contigo, a libar la ya no tan lozana rosa de tus pechos.

Nombrarás entonces lo que ocultas, tus terribles tesoros de niña perdida: el esplendor que late en tus pecados o la culpa de crecer y no haber sido.

Vendrá superviviente de una tarde desmayada al otro lado del espejo, reclamando el cobro de no sabes qué antigua deuda contraída cuando ilimitado creías tu crédito e ilimitada su bondad.

Pero qué puedes ofrecerle ahora si tus manos no son ya de agua, ni tu cuerpo de cerezas, y la sangre distraída que hoy te alienta ha olvidado que fue manantial, río de fuego, brava flama y diana de su empeño.

Qué te busca si hoy el viento no persigue ya tu falda, ni se ríen tus cabellos enredados en sus manos, ni te duele su tardanza, ni te tienta la esperanza de esperar.

Apagas las velas y no pides un deseo.
Neverland, nevermore.

 

¿HASTA CUÁNDO, NIÑA PERDIDA,
implorarás cada noche el fulgor
de la Segunda Estrella a la Derecha?
Luciérnaga fascinada por la llama;
luz que tu luz eclipsa.

 

AHORA QUE LA NOCHE SE DERRAMA envolviendo la jornada, es la memoria otro cuerpo celeste cuyo brillo inoportuno perturba tu descanso, te arranca de un ensueño que al instante no recuerdas, y te sabes, como siempre, vencida de antemano, exiliada y extranjera de un azul remoto y libre.

Y alargas la mano y buscas el consuelo clandestino del cigarro que suplanta la oración que en otro tiempo ahuyentaba tu terror, y liberaba la nación del sueño donde habitan los años que viviste, o te vivieron, sin ponerles bridas y guiarles al paso lento que, ahora lo sabes, merecían.

Tan solo un viejo monstruo conocido campea hoy por tu pecho y coloniza los órganos del recuerdo que amenazan con vencerte.
Y como el enfermo cardiaco, que con impaciencia y terror busca el remedio vital que poner bajo su lengua, corres tú a tu alacena secreta y buscas un remedio a la nostalgia, el que hace falta esta noche, el ungüento exacto, la reserva precisa, el antídoto justo al dolor de esta hora.

 

A José Manuel Piqueras

LA CASA ERA ALTA Y ERA ROJA, era una península de dichosa orografía unida a la ciudad que sesteaba por un istmo de casitas humildes y algún ruinoso palacete.

Rodeada de huertos milagrosos era la casa a su vez milagro: de piratas navío o tren expreso, castillo en la isla de Kirrin o pagoda de la China.

Tenía la casa baldosas amarillas, ventanas volanderas y paredes por cuyo albor un sol de miel se derramaba. Era un útero luminoso y cálido que acogía nuestros sueños cada tarde y nos nacía intactos con la aurora.

La casa era a veces una torre. Vigilábamos los pueblos que dormían indolentes al abrigo de los montes, las acequias perezosas que quebraban los huertos salpicados de palmeras, faros o vigías jubilosas que estallaban rotundas en lo azul.

Había en la casa una azotea, patrimonio de los gatos y las sábanas que, tendidas al sol, eran heraldos de la primavera por llegar.

La casa tenía un balcón y, por la tarde, cuando abril despertaba al limonero, el timbal de un corazón boscoso nos acunaba en una mecedora sin brazos, mientras cantaba viejas canciones del rey Balaor o de la infanta que prefería a un reino un mirlo blanco.
La casa era buena y nos nutría, ofrecía chocolate y pan tostado, un brasero de picón, fragantes lápices, cuentos en la cama y oraciones atendidas.

Y cuando al fin la calma, como un velo, ingrávida posaba su mano en nuestros ojos, susurraban sus muros una canción nocturna de crujidos tiernos y aleteos de ángeles…

La casa era inconquistable fortaleza que defendía nuestra infancia.

[trx_team cat=»0″ columns=»1″ count=»1″ ids=»1388″][trx_team_item user=»Member 1″][/trx_team_item][trx_team_item user=»Member 2″][/trx_team_item][trx_team_item user=»Member 4″][/trx_team_item][/trx_team]