Leer Noctem

NOCTEM

​​
MOROS

No sé cuál es la verdad.
Sí sé que toda muerte es nuestro último fracaso.
Sé que ningún dios puede querer el dolor y la sangre.
Sí sé que aquí hemos venido a algo más que producir,
y sé bien que somos unos tremendos ignorantes.

Hay gentes poderosas que se esconden tras los gobiernos,
hay cuarenta y tres estudiantes desaparecidos en Méjico,
los que mandan no son los que vemos, sólo la mar
arroja su evidencia de vendavales y permanencias,
sólo el mañana incierto es nuestra herencia,
seguimos baldeando sus pasillos de palacio, nos engañan,
nos mienten,
nos entretienen con los noticiarios, nos indican el camino
del jodido éxito,
nos han señalado al enemigo,
sí, he oído que hoy los peligrosos son los moros,
sí, como ayer los indeseables eran esos ácratas,
esos que no veneraban nuestra inmejorable democracia,
esos que ponían en peligro a los filántropos que cuidan
[del mercado,
y hemos de protegernos de aquel al que hemos creado,
tenemos opinión y cierta mierda saliendo por las bocas,
rotativos que se empeñan en insistir en sus doctrinas,
calmos atardeceres protegidos por las series televisivas.

La muerte de nadie no está entre nuestros derechos.
No me gusta el verbo “abatir”, el infinitivo negro del
[“eliminar”.
Sí, tengo miedo, Sócrates no es consuelo,
el no saber nada simplemente es eso,
la raíz fértil del odio,
el horror de Kurtz al cerrar los ojos,
el último nudo de la maroma que hemos tejido
con nuestro cómplice silencio.

LEGONES

Palabras y legones,
trazos de muerte en la tierra maldita.
Encontraremos otros Nortes, faros
desolados, marcas de mar muerto,
decadente.
Todo esto lo hicimos nosotros, el estío escupe promesas
y septiembre da nombre a las lápidas.
No me juréis amor, no, dejadme solo al callar de los
[sonajeros,
al follar destituido, al trueque del honor
por la honra, al marrar de la alborada
por el ocaso.

NOCHES BLANCAS

Hoy no será distinto.
Ver poco a poco caer el día,
y yacer con él, y creer
por un momento
que otra deriva será posible,
que se petó el padrón del infierno,
como si esas noches blancas del maldito
Dostoievski
no hubieran ya cercenado
(tal hábil cirugía)
las últimas grandes frases de los imbéciles
que se amaron
para siempre.

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