Leer Préstame un sueño

PRÉSTAME UN SUEÑO

Ha sido al abrir la lata de sardinas para la merienda cuando Irene ha puesto orden en el recuerdo.

Ahí estaban. Idénticas a aquellas otras tres piezas envasadas de su sueño.

Un rapto de compasión y las libera del encierro con ayuda del tenedor, de una en una, delicadamente, acomodándolas a sus anchas sobre el plato de porcelana. Es la sardina común, pilchardus la llamaron en clase de Cono, una prima hermana de la anchoa indicadora del cambio climático.

Irene las contempla sin decidirse a merendarlas. Pobrecillas, se siente identificada con ellas después del suceso de la noche pasada. ¡Qué cosas! En carne y hueso, mejor dicho, en pescado y raspa, ella conoce ahora de primera mano lo que es compartir condición y estrechez con las pescadas. Eso, y que al dormir debió coger una mala postura (la que la tiene dolorida y tiesa como una estaca), tan incómoda como aquella extraña pesadilla.

De sardinas.

El asunto del sueño era que, encajonada con ellas, no podía estremecerse ni un milímetro. Todo incomodidad y falta de espacio. Una lata.

La parte anterior de su escamado ser se apoyaba sobre uno de los fríos lados del receptáculo de hojalata, (en posición especialmente chafada y penosa), cuando le sobrevino lo de aquel súbito apretón.

—¡¡Aysss!!

Ahí empezó todo a empeorar. Pese a su situación en primera línea estaba agobiada, y así lo hizo saber a su vecina, una sardina que tenía pegadita a su envés, a la derecha.

—Por favor, ¿podrías echarte un poco más hacia allá? ¡Me apretujas! —la Irene en conserva hizo la obsevación algo alterada, es cierto— Estoy hecha masilla. Por no mencionar que tengo tu cola clavada en mi espalda.

—Pues yo no soy la que empuja. Yo estoy en medio, en mi sitio —respondió la aludida de mal talante—. Será esta de acá, para eso ella es la primera…

—¿De qué se me acusa? —escuchó Irene el enojó de la sardina más lejana—: Señoras, esto, señoritas… —no acababa de decidirse por el tratamiento —sepan que no es plato de gusto estar colocada la primera de la lata. Semejante disposición conlleva una enorme responsabilidad.

Irene acusó de inmediato el error de orden: la tercera se denominaba primera, y la segunda secundaba el desliz, si bien consideró que en aquellos momentos ese particular no era importante.

—Venga, yaaaa —rezongó la segunda—. No me comas la agalla.

—Calma, por favor —terció Irene—: Tan solo pretendía darme un respiro, pensé que si pudierais juntaros las dos un poquito hacía allá…

—Te quejas de vicio —habló la más próxima. La misma que acto seguido siseó a sus dorsales—: Hija, algunas es que son latosas y solo piensan en arrimar el ascua a su sardina.

—¡Qué insensata! Pero, ¿cómo nos vamos a echar atrás? Eso es absurdo. ¡Imposible! —Irene localizó la protesta de… ¿la sardina número uno?—. Estamos muy bien colocadas, en hilera, una arriba, otra abajo, una arriba; una primera, otra segunda, y otra… Yo, desde luego, de aquí no me muevo— dijo la conservadora.

Irene, ante el alboroto, aportó un dato que consideró oportuno.

—Mujer, ejem, digo, hembra —rectificó —ninguna de nosotras debe tener razón ya que todas estamos descabezadas —y como nadie objetó nada ante tamaña evidencia, continuó—: Pero conste que mi intención no es molestar, solo pido, si es posible que, especialmente la número uno —se refería, naturalmente, a la sardina número tres empezando a contar desde su posición— si pudiera acercar su costado al de la lata un pelín apenas, esto es, una escamilla de nada…

—Oiga, joven —respondió aquella con distancia— a ver si se ha creído que yo estoy nadando en la abundancia. ¿O insinúa que soy la causante del apretujamiento?

La discusión, aunque de sardinas, a Irene comenzaba a antojársele de besugos.

—Por favor, señora —descartó el tuteo definitivamente—no me malinterprete. Solo pretendía que… —un incontrolado sollozo le interrumpió el discurso—. Perdón, es que estoy fatal.

—Qué pejiguera. Escúcheme usted a mí, y, por favor, ¡cálmese! —dijo, seca la de la lontananza, como si el llanto quejicoso de Irene le molestara—. Yo estoy dispuesta a…en fin, ¿qué les parece si intentamos girarnos las tres de golpe hacia el otro lado?

—Psssss —la del centro no acababa de verlo claro.

A Irene, en cambio, le pareció excelente idea, vista la tortura lateral que soportaba, aunque enseguida la primera volvió a dar la puntilla.

— Un momento.¡Alto ahí!  —exigió—. El caso es que con eso, me doy cuenta ahora, seré yo la castigada cara a la pared de hoja de lata. Por no decir que pasaré a ser la número tres —resolvió—: Y eso sí que no. ¡Ni hablar del escamín!

—Entonces ¿dejaremos maltrecha a nuestra pobre compañera? ¿Será su fin, el entierro de la sardina? Vamos, vamos. Hoy por ti, mañana por mí —dijo la dos muy oportunamente al entender de Irene, si bien la tercera, ¿o era la número uno?, se resistía, inmersa en un mar de dudas.

En conclusión, después de un largo e intenso tira y afloja, las tres llegaron a interesantes acuerdos. Por ejemplo, aquel en que la incorrectamente denominada sardina número uno ganaría el título de primera dama como reconocimiento a su gesto. O aquel otro, en que el giro dentro de la lata habría de ser temporal y no vitalicio.

Irene, su idéntica, su doblada, su sosia, o lo que fuera que ella fuese en esos memorables momentos, dio las gracias al par de compañeras en un sentido mensaje, en buena parte debido al dolor que la embargaba todo sea dicho, y…

—A la de una. A la de dos. Y a la de… ¡TRES!

***

Irene, rememorando el sueño frente al plato de porcelana, continente de tres sardinas, diría que ahora mismo es capaz de sentir en carne propia la estrechez de aquella lata. ¡Ella misma doliente y enclaustrada!

Con el desconcierto de lo soñado vagando por su memoria, no ha podido evitar el nudo que se le ha instalado en la garganta al recordar el emotivo gesto de colaboración de la coral sardinera.

—A la de una. A la de dos. Y a la de… —resuena en su cabeza aquel lejano eco.

Una pizca de pena de sí misma y otro poco de compasión por las perjudicadas pilchardus le ha resbalado en forma de lágrima hasta el borde del labio superior, manchado de cacao con leche, la merienda que ha elegido finalmente.

 

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