Leer Puntos de inflexión

PUNTOS DE INFLEXIÓN

La ensenada 

Por espaciadas que resulten ahora mis visitas, sigo bien informado de lo que ocurre en el pueblo. Mi madre lleva los bolsillos de su bata tan llenos de sucesos que mi mera presencia le sirve de excusa para soltar lastre y aligerar peso. ¡Ah, sus exclusivas! Me percato de que llegan primicias en cuanto insiste tozuda en que tome asiento, que bien sabe ella de mi curiosidad una vez que arranca con sus confidencias. “No puedes negarlo: eres todo oídos”, me suele decir. “Y ojos”, suelo pensar yo. Ojos para contemplarla y reparar sorprendido en cómo maneja sus pasos.

El que menos me agrada de esos partes periódicos es el consagrado al obituario. Siento un respeto instantáneo si me habla de difuntos, pero de índole imprecisa, pues casi nunca sé a quiénes de los vivos que recuerdo corresponden los muertos que me cita. Cuando es local la relación, puedo conseguir identificar a alguno, pero si abarca a foráneos, o a paisanos ausentes, acabo, por lo general, bastante confundido. Aunque no ocurrió así durante mi última visita, hará dos meses, pues puse rostro de inmediato al nombre que me señalaba: “¿Te acuerdas de Juan Moreno, el amigo de tu padre?… Acaban de enterrarlo aquí, esta misma mañana. Desde Madrid lo han traído, fíjate”.

El personaje se llamaba en realidad Juan Brown y era descendiente de un inglés (su abuelo o su bisabuelo, no recuerdo bien). Un ingeniero que debió de instalarse en Águilas, allá por el inicio del siglo veinte, con la compañía británica que explotaba unas minas próximas y exportaba el mineral a Inglaterra. Lo de hacerse llamar Moreno fue una ocurrencia suya que buscaba subrayar con zumba, entre los lugareños, el vivo contraste de su auténtico apellido con la blancura de su piel y el rubio de su cabello. Él y mi padre ya habían sido compañeros de correrías por el pueblo antes de coincidir como estudiantes en un instituto de la capital, y más tarde durante la mili, en Cartagena. Con el paso del tiempo, Juan acabaría instalándose en Madrid por razones de trabajo, pero sin romper la relación con su amigo, es más, acrecentándola con contactos programados y con su presencia en Águilas todos los veranos.

Guardo un recuerdo infantil de heladerías tentadoras, en los paseos con mis padres, y de polos sorbidos con deleite, victoriosa la tentación. Y en ese lejano cuadro de estío suele aparecer borrosa la figura de Juan. Sola o en compañía de Adela, la madrileña que luego sería su mujer. Aquellos momentos de ocio compartido se repitieron durante años y, a pesar del tiempo transcurrido, podría asegurar ahora que aquel señor con aire de extranjero y cara de niño grande me llamaba mucho la atención porque me sonreía y me observaba con una expresión extraña teñida de azul celeste.