Recuerda, cuerpo

El buen camino 

Desde el primer momento sentí que no era un lugar seguro, y suelo acertar en mis corazonadas. Mabel de la Porta, mi agente literaria, me cantaba las excelencias del inmueble: un barrio caro, un edificio lujoso con portero físico y butacas de piel auténtica en el vestíbulo, un ático no muy grande pero cómodo, en un barrio céntrico y al mismo tiempo selecto; justo lo que yo necesitaba en ese momento de mi carrera. No podía seguir concediendo entrevistas en un piso de una finca donde los vecinos tendían la ropa y guardaban la bombona de butano en el balcón. El ático, por el contrario, respondía a la imagen que ella estaba promocionando: una mujer independiente, moderna y con un toque de bohemia refinada. Y era un lugar tranquilo.
—Fíjate en la terraza: completamente aislada, nadie te ve. Y con todas estas plantas; en primavera será como estar en el campo. Hasta un árbol tienes.
Nadie podía verme, en efecto, la casa era un poco más alta que las colindantes y daba al parque de Rosales, y más allá estaba la Sierra, un hermoso paisaje velazqueño. Y sin embargo… No sería difícil trepar hasta allí desde los tejados contiguos y, una vez dentro, la impunidad para quien lo hiciera sería absoluta. Traspasado el pequeño muro que cerraba la terraza, nadie sabría lo que sucedía en ella y en el interior de la vivienda.
Se lo dije a Mabel, que convendría poner rejas. Ella lo tomó a broma:
—Pueden trepar desde los edificios vecinos y también pueden bajar en paracaídas… En fin, haz lo que quieras, pero si pones rejas esto va a parecer Yeserías.
Tenía razón. La gracia del ático consistía en aquella mezcla de aislamiento y apertura al exterior. Todas las habitaciones se abrían con amplias puertas correderas hacia la terraza; con rejas sería una jaula. Pero mi instinto me advertía del peligro.
Durante el día me encontraba a gusto: los cuartos eran alegres, luminosos, y desde mi cama o mi mesa de trabajo podía ver las montañas azules de la Sierra. Pero a medida que oscurecía, una desazón creciente se iba apoderando de mí. No era un miedo concreto y por ello resultaba más difícil de combatir. Me aterraba la idea de que algo hubiese entrado por la terraza mientras yo estaba fuera, o en un descuido mío. Todas las noches, con un bastón de golf en la mano derecha y un gran cuchillo de cocina en la izquierda –soy zurda corregida– me dedicaba a descorrer las cortinas del baño, a revisar los armarios empotrados y a mirar debajo de la cama, de las faldas de la camilla y en el hueco de mi mesa de despacho. No me iba a dormir sin haber comprobado, antes de cerrar con todo cuidado puertas y ventanas, que el único ser vivo en la casa era yo.
Pero a pesar de todas estas precauciones seguía teniendo miedo por la noche, y dormía poco y con pesadillas en las que me veía asaltada por monstruos escaladores. Intenté escribir sobre aquello. Es una forma clásica de exorcizar los demonios interiores: los conviertes en algo ajeno a ti y te liberas. Pero esta vez no resultó. Escribí un relato sobre un tipo raro, un hombre que vive solo, que tiene miedo de que lo asalten en su casa, y que, al final, acaba matando a un obrero que aparece por allí. El cuento tuvo éxito y han hecho una película con él. Pero el relato no responde a lo que yo sentía y por eso no sirvió el exorcismo: aquel hombre tenía miedo de un ladrón o un asesino. Lo mío era distinto…
Lo que yo imaginaba era un ser monstruoso que trepaba por los muros del edificio. A veces era una araña gigante o una serpiente. Hay gente estúpida que se divierte comprando mascotas exóticas y peligrosas, que crecen y se escapan de la casa de sus dueños. Pero con más frecuencia lo que veía era un gorila enorme que se deslizaba silencioso de tejado en tejado hasta mi terraza. No sé de dónde surgió esa obsesión, quizá de lecturas de adolescencia o del cine: King Kong o Los crímenes de la calle Morgue. El gorila de mis pesadillas no era asexuado como el de la película; bien al contrario, ostentaba una verga enhiesta y grandísima, como debía de ser la del auténtico King Kong y la del gorila de la calle Morgue, aunque en el cine la hayan eliminado y Edgar Allan Poe no aluda a ella. Siempre aparecía del mismo modo: primero eras dos manos grandes y negras que se agarraban al borde del muro, después asomaba la cabezota en la que brillaban los ojos malignos y los dientes afilados, y al fin la mole peluda del cuerpo, de cuya negrura emergía la columna desmesurada del sexo amenazadoramente erguido.
Mientras escalaba el muro y se encaramaba a la terraza, los movimientos del simio eran sigilosos. Una vez dentro, desplegaba toda la envergadura de su cuerpo y se golpeaba el pecho con los puños cerrados en un redoble que hacía trepidar las ventanas antes de que cayesen destrozadas con el empuje de su cuerpo. Estaba ya en mi dormitorio, de un manotazo arrancaba las ropas con las que yo me cubría. Se quedaba un instante mirando mi cuerpo desnudo y con un rugido se lanzaba sobre mí… Entonces yo me despertaba gritando, empapada en sudor y con la almohada apretada entre mis piernas.
Aquel día también fue así. El sol entraba ya en mi habitación cuando me desperté. Me fui al cuarto de baño y dejé que el agua templada de la ducha borrase las huellas de la pesadilla y serenase mis nervios. Me envolví en una toalla y salí a secarme a la terraza. El sol de junio era aún tibio en aquella hora temprana y las plantas exhalaban un olor fresco. Cerré los ojos y respiré hondo, disfrutando de las sensaciones placenteras que compensaban mis terrores nocturnos. Y al abrirlos, todos los pelos de mi cuerpo se erizaron: dos manos enormes se aferraban al borde del muro y una cabeza de pelo crespo y negro comenzaba a
asomar. Cerré otra vez los ojos: tenía que ser una alucinación, ¡Dios Santo!, todavía estaba soñando… Pero no era un sueño. Estaba allí, recortada a contraluz su horrible figura, el cuerpo enorme y los brazos larguísimos que se agitaban en el aire. Los ojos se me nublaron, sentí que iba a desmayarme y me apoyé en la pared sin fuerzas para intentar huir…

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