REHÉN

 

A PAVESE
​​

La ciudad se mostrará ante ti
irreal, acogedora solo
para aquellos que sufren.

El perro atado al poste
escudriña formas que se mueven
con músculo y destreza. Ningún pensamiento
estorba sus contornos. Aún hay gentileza
y la ternura que queda
para los chiflados,
la revela la lluvia.

La compañera de clase, tan grácil, a la que seguiste
hasta la librería para observarla en secreto,
y el árabe que quedó contigo en el café
y no acudió a la cita,
tú con tu pantalón de terciopelo, Cesare, perplejo
ante el rechazo de un don nadie,
ya sois agua pasada.

Por el ojo gigantesco del telescopio
han avistado
el final del principio,
las galaxias radiantes
de profundo fuego, algo
al fin distinto
que contarte.

Y los gatos del Coliseo
siguen saliendo de noche.
Ya son tan famosos como tú
por su ruina y su recelo.
Se vuelven feroces, sabes,
presos en redes gigantescas,
bufando y resoplando.

PEQUEÑA O, TIERRA
​​
Sentir el cuerpo moverse por la tierra
donde seres aéreos aletean
en la base del árbol: danos

la alta nota sostenida; la gracia del rumiante
impasible, sus elocuentes ojos,
el sabor de la tierra y la hierba en su boca,

el yugo, la marca, el tajo del carnicero
que no conforman su mente; la algarabía de un pajarillo
o una flor azul silvestre, sola o junto a otras,

balanceándose. Acéptanos, no con burla,
sino con la locura del que adora
lo insólito en nuestra naturaleza.

HUÉSPED
​​
Hay dos mundos que yo conozca:
el vasto iluminado
y el lugar donde estoy.

Necesito al otro
igual que un virus
necesita un huésped,
pero las extrañas
y afectuosas hermanas
sostienen las manos en alto.

Y mi cuerpo
–sin habitar–
sufre y se pregunta:
¿De quiénes son estas manos?
¿De quién este cabello?