Leer Relatos de Trab el Bidán

RELATOS DE TRAB EL BIDÁN

Los ‘Cuentos saharianos’ se escribieron hace ya años, después de mi primera expedición a Rabuni, en la Hamada de Tinduf. Luego tuve ocasión de conocer a los otros saharauis, los que siguen en la zona marroquí y más al sur. Conté parte de mis experiencias entre ellos en un libro al que llamé “Viaje por el Sahara Occidental, El Badía”.  

 Aquellos primeros relatos del Sahara argelino y de Mauritania, que siempre fueron hijos muy queridos, han permanecido durmientes durante todo este periodo. Hoy por fin me decido a darlos a la luz. Creo que lo que cuentan no ha de resentirse del tiempo transcurrido. 

 En El Asilo, Santomera, octubre 2015

Chej el Maami 

El Sahara Occidental está poblado por hombres de diferentes tribus que tienen un denominador común: el fiero espíritu de libertad propio del hombre del desierto, del beduino nómada que no comprende la necesidad de afincarse en un lugar concreto y construir a su alrededor muros que lo encierren. Su casa es la amplia jaima tejida con pelo de cabra y de camello, sus caminos el desierto que puede cruzarse en cualquier dirección, su ciudad el oasis o la zona de pastos donde alimentar sus camellos, burros  y cabras. El beduino no tiene, ni quiere tener, más cosas que las que puede transportar a lomos de sus bestias, nada en su ajuar es definitivo o estable, todo debe ser trasportado con facilidad, susceptible de perdida y por tanto reemplazable. A nada debe tenerse un apego irrenunciable, pues todo es efímero. No puede haber libertad si no se está dispuesto a prescindir de todo; por eso el beduino es libre: nació sin nada, nada tiene, cúmplase la voluntad de Alá. 

El beduino es alto y esbelto, seco como una espingarda. Como ella, renegrido y apretado, de carnes que retienen el agua con avaricia. Viste largas túnicas y ropajes amplios que lo defienden igual del calor abrasador del día como del frio de la noche. Vestidos que nunca se quitan y que acaban trasmitiendo su tinte azulado a la piel de los hombres. Nunca sudan, en el aire libre y seco del desierto, los olores no existen. Se cubren con el litham, el turbante negro que rodea la cabeza, dejando solamente una abertura para los ojos y la boca. El litham, herencia de los almorávides, a los que llamaron ‘el pueblo velado’, es una larga pieza de tela negra que puede enrollarse alrededor de la cabeza de varias maneras, según sea el momento del día, o la actividad que va a desarrollarse, o el estado civil del que lo lleva, o su edad. Cuando los beduinos emprenden la marcha, suben los pliegues de manera que solo los ojos penetrantes son visibles, y la tela los protege del sol y de la arena que vuela de forma incansable. Es una prenda que resulta imprescindible en aquellas latitudes. 

Para el extranjero, el desierto resulta fascinante, como todo lo desconocido, pero para los que viven en él, la vida puede resultar, a veces, muy dura. Los días son calurosos y las noches gélidas. El viento, sin ningún obstáculo a su paso, sopla de forma continua, a veces tenue y acariciador, otras irritado y feroz, arrastrando las arenas de un sitio a otro y nublando el cielo. 

Cuentan las leyendas que el desierto era un lugar florido y lleno de vegetación, pero desde que dejó de serlo en el cuaternario hace dos millones de años, las gentes lo evitan, a pesar de que ha estado transitado, desde que el comercio transahariano comenzara 1000 años aC. en pesadas carretas tiradas por bueyes ancestrales, una raza de bóvidos hoy extintos. Más tarde, cuando los cartagineses se instalaron en el norte impulsaron el comercio con los países del sur; Roma, a principios de nuestra era, introdujo el camello (dromedario, en realidad) que ha sido el auténtico conquistador de las zonas desérticas con el apogeo del comercio a través del Sahara entre los siglos XIII y XVI en que se establecieron rutas que unían los reinos africanos medievales y los imperios de Ghana, Songay, Kanem-Bornu y Hausa con los puertos del norte de África. Los principales productos de comercio fueron el oro y los esclavos hacia el norte, la sal (de las minas del Sahara), las conchas de cauri (la principal unidad monetaria) y las armas, hacia el sur. Estos productos constituían mercancías imprescindibles para los estados, pero las caravanas también transportaban artículos de lujo: vestidos de colores, pimienta, marfil, nuez moscada, cueros repujados y, en el siglo XIX, plumas de avestruz. Se dirigían hacia el norte con destino a Europa. La marroquinería es original del norte de Nigeria, y adoptó este nombre porque era exportada a todo el mundo a través de puertos marroquíes. Manufacturas de cobre, cuentas y otros artículos de moda se dirigían hacia el sur, hasta que la llegada de los europeos a la costa oeste de África y las revueltas que provocaron los intentos coloniales, redujeron el comercio del Sahara, aunque no desapareció del todo hasta bien entrado el siglo XIX. 

Dicen que el desierto sentía su soledad y pedía ayuda a gritos pero las gentes lo atravesaban lo más rápidamente que podían y se sentían contentos cuando escapaban de su soledad y sus arenas inhóspitas. Hasta que un día un hombre santo perteneciente al Ahel Berika-lah, la tribu de los buscadores de pozos, percibió los gritos del desierto y decidió quedarse allí para no dejarlo solo nunca más. Aquel hombre, al que muchos consideraban santo, se llamaba Chej El Maami. Muchos que lo conocían hicieron mofa de él porque dejaba el verde de los jardines y la comodidad de las ciudades para vivir en aquellos áridos parajes. Allí, entre meditación y rezos, se afanaba detectando las corrientes subterráneas; abría pozos buscándolas para que abrevaran sus rebaños, perseguía las nubes que descargaban sus lágrimas de tarde en tarde, y con ellas sobrevivían las bestias y los hombres, gracias a los verdes pastos que brotaban enseguida, como por ensalmo.  

Instalado en el Tiris junto a las gentes de su tribu y numerosos discípulos, escribió obras poéticas sobre la belleza del desierto y sobre sus recorridos, y a través de ellas, los beduinos descubrieron que la soledad buscada era el auténtico paraíso, en el que corren arroyos de leche y miel. 

El desierto cobró vida, se pobló de jaimas oscuras, se oyeron los cantos de las mujeres, los gritos de los niños, de nuevo, el rumor de los ganados; el paso lento, cadencioso y suave de los camellos lo recorría tejiendo caricias sobre la piel de arena. Y el desierto, satisfecho, regaló a los hombres el don de la narración para que pudieran transmitirse las noticias y las historias de otros tiempos en las largas veladas alrededor del fuego de los campamentos. Los hombres se dieron cuenta entonces de que el verdadero paraíso está en el interior de cada uno, que solo hace falta descubrirlo y, desde ese momento, lo llevará consigo para siempre.

[trx_team cat=»0″ columns=»1″ count=»1″ ids=»1380″][trx_team_item user=»Member 1″][/trx_team_item][trx_team_item user=»Member 2″][/trx_team_item][trx_team_item user=»Member 4″][/trx_team_item][/trx_team]