Leer Rosas negras

ROSAS NEGRAS

CAPÍTULO 1: La casa del molinete (16 de julio de 1936)

Acababa de bajarle los calzones cuando sintió que la puerta se había entreabierto. Lucía masajeaba los muslos de su cliente mientras le besaba el pene con sus labios carnosos cuando alzó la vista. Por la rendija de la puerta entreabierta reconoció los ojos de Caridad, que, con un gesto de su mano, le exhortaba a que terminara pronto la faena. La de hoy era una faena menor; Lucía había advertido a César que estaba en esos días, pero a César no le importaba. “Te prefiero a ti con el tomate antes que una faena completa con otra”, le había dicho.

Lucía era muy dulce, muy diestra. Casi se diría que trabajaba con cariño. Hacía algo menos de un año que se dedicaba a esto y, a pesar de ello, su cara era tan dulce, que uno podía imaginarse fácilmente que no estaba pagando un servicio, que estaba haciendo el amor con cualquier muchacha decente. Por eso era la única que trabajaba a veces en esos días de descanso obligado. Algunos clientes, sobre todo de cierta edad, preferían sus caricias, sus besos, su conversación, sus gestos, antes que el simple desahogo que obtenían con cualquier fulana. Porque Lucía no era una fulana. Era una mujer que cobraba por sus servicios, que no es lo mismo.

Lucía frunció el ceño en dirección a la puerta. Como respuesta, Caridad señaló al hombre que yacía en su cama, como indicándole que la prisa no era para ella, si no para su cliente. La muchacha supuso que alguien requería urgentemente la presencia del alcalde y había ido a buscarlo al burdel. Y no se equivocaba. Los últimos meses habían sido muy convulsos. Desde Madrid llegaban noticias que ella no alcanzaba a entender en toda su magnitud. Pero los clientes comentaban cosas, algunos asustados, otros celebrando las nuevas. Lo único que sacaba en claro era que la República tenía muchos problemas y muchos enemigos, pero apenas podía entender qué significaba realmente eso. Ella oía a algunos clientes decir que la República tenía en su contra a la alta burguesía, a las grandes fortunas, a la aristocracia y a los monárquicos, lo cual incluía a parte del Ejército, algo que le chocaba bastante es que unos soldados pudieran estar en contra del gobierno que les paga. Los militares no quieren las ideas de este gobierno, pero sí su dinero ¡valientes besatrapos!, había oído decir en una ocasión a Caridad, que parecía entender mejor que ella la situación.

Luego estaban los exaltados, como los llamaba Caridad: los anarquistas, los comunistas, los socialistas (esos nombres le hacían mucha gracia a Lucía, y no podía evitar una risita tonta cuando los oía nombrar, tan ridículos, acabados en –istas, como si fueran mariquitillas) que organizaban manifestaciones, huelgas y protestas contra el gobierno. Así que la chiquilla interpretaba que el gobierno de la República no gustaba ni a los ricos ni a los pobres. Eso es lo que ella sacaba en claro de todo el guirigay que oía noche tras noche en los corrillos que se formaban en la barra del burdel. Aunque, pensaba, no debía de ser así. Tal vez simplificaba mucho las cosas, tal vez se perdía muchos matices; o tal vez el gobierno no pudiera gobernar porque todos se afanaban en hacer de España un país ingobernable.

Lucía intentó darse prisa. Besaba el escroto de César mientras le masturbaba y gemía falsamente al mismo ritmo que le oía gemir a él, que apenas tardó unos minutos en eyacular. Normalmente, ella se hubiera recostado a su lado y le hubiera rascado suavemente la cabeza o hubiese jugueteado, entre besos y caricias, en su pecho. Pero no hoy. Sabía que Caridad esperaba, impaciente, al otro lado de la puerta. Así que se levantó, cogió una pequeña palangana de cobre con apenas un dedo de agua, mojó un paño y fue limpiando suavemente la entrepierna de César, sus muslos, sus ingles, su bajo vientre, su sexo. César aún estaba resoplando cuando Lucía terminó de limpiarle. Hacía mucho calor y agradecía sentir el paño húmedo en su piel. De repente, cayó en la cuenta:

—Ha sido breve, chiquilla.
—Perdóneme, don César. Creo que han venido a buscarle.
—¿Y eso?
—No sé. La dueña le está esperando fuera. Ella le contará.

Él arqueó su ceja izquierda, extrañado, pensativo. Después de
unos segundos miró a Lucía y cambió el gesto. Le dedicó media
sonrisa, la besó en la boca y le dijo:

—Bueno, pues vamos a ver.

Se abrochó la camisa, se subió los calzones y el pantalón, ajustó los tirantes y dobló el chaleco y la chaqueta sobre su antebrazo izquierdo. Dio dos pasos y se paró ante la mesilla, cogió el vaso que había encima y apuró el dedo de coñac que contenía. Miró una última vez a Lucía. En su rostro ya no quedaba rastro del amante cariñoso que, apenas unos instantes antes, la había besado. Ahora era el rostro de un hombre preocupado que abandonaba el lecho de la muchacha, aquel lecho cálido y confortable, para ir a algún lugar frío y vacío. Un lugar que le procuraba desasosiego aun antes de haber llegado a él.

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