Leer Yo soy un país

YO SOY UN PAÍS

 

LA CIUDAD DE LAS CASAS AZULES

Te inventaré una ciudad de casas azules donde siempre serás
[nombrada
con el nombre que inventé para ti.
¡Estás tan linda cuando luces el nombre que inventé para ti!
Enterraremos ese otro –azaroso y furtivo– que ahora te viste, en
[un lugar que se parezca
a todos los lugares que conocemos
para que cuando nos dé alcance su nostalgia,
no recordemos dónde fenece.

Te inventaré un oficio que ocupe tus días en la ciudad de las
[casas azules:
algo así como desordenar las caracolas de la playa
o apuntalar castillos de arena.
Algo importante que entretenga tus manos para que no pierdas
[el tiempo
abrazada a los árboles,
regalando el don de tus caricias a aquellos que nunca te arroparán.
(A esos estúpidos ásperos a los que entregas tu cuerpo.)

Te inventaré una ciudad de casas azules donde todos te conocerán
por el nombre que inventé para ti y tus manos, hacendosas,
desordenarán las caracolas de la playa
o cuidarán de los castillos de arena
para que los árboles no te susurren jamás
que echan de menos tu piel.

 

LA SALVAJE HISTORIA DE LO NUESTRO

Cuando lo nuestro era nuestro
–en su extensión de conquistas y pérdidas– nuestro,
fuimos sin ser
de la casa que austeramente hicimos propia,
de los hijos que viajaron hasta aquí por ese vicio de hacernos
[mezcla;
del tiempo, entonces generoso y complaciente.
Fuimos sin ser de todo eso.

Cuando el amor era nuestro,
y también el odio que crece a su espalda
fuimos invictos,
sin apenas prever que iríamos enfermando
de todo lo ajeno.

 

CRUZANDO EL PARAISO

Si tuviera que buscarte en un lugar distinto a este
en el que nunca he estado pero al que seguro llegaré…
Si tuviera que buscarte allí
con lo que sé aquí, con el olor
de las casas que habité
y el que se me queda en los dedos cuando toco tu pelo.
O con la inercia del pasear que me lleva, sin empeñar la
[mente en ello,
de la plaza de las Flores al Malecón, distraída
en otras cosas, mientras atravieso el mercado de Verónicas.
Si tuviera que buscarte allí con todo lo que aquí me es tan
[innato,
te rastrearía,
como los animales.

Perseguiría tu olor
hasta que mis manos y algo (que no sé qué forma tendrá)
se plante ante mí y lo abrace.
Porque ya te encontré aquí con aquello que traje de otro allí,
y me sostuvo antes
e igualmente debí hacerlo
olfateando cada rincón de la Tierra
para que tú, con la casa que ahora habitas y conozco,
me recordaras sin razón aparente
el aroma de las cosas que acogen y refugian
antes de ser esta ruina de olores.

Así debió de ser
porque nunca te pienso. Respiro,
y estás.

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